Cataluña, Euskadi, Andalucía y Asturias se niegan a cumplir la norma del Gobierno de Rajoy que obligará a los emigrantes ilegales a pagar por su atención médica. Yo pensé que los políticos eran los encargados de hacer leyes y acatarlas, reservándose, si acaso, la objeción de conciencia en materia moral. Que los médicos objeten y atiendan a los inmigrantes sin derecho a ello me parece bien, pero que lo hagan los políticos…

Naturalmente, políticos de cuatro comunidades regidas por nacionalistas y socialistas, es decir, que lo hacen por fastidiar al Gobierno central. Vamos, todo un Estado de derecho.

Y ya que hablamos de objeción de conciencia: quiero creer que todos esos doctores que desafían a la norma estarán también inscritos -¿o no pueden porque no hay?- en las listas de objeción de conciencia al aborto. Claro está. Porque matar a alguien es mucho más grave que no prestarle todos los cuidados médicos posibles, incluidos los innecesarios. Máxime cuando la norma del PP mantiene la atención de urgencias, la verdaderamente grave. Lo que suprime el PP es la atención habitual, preventiva, primaria. Lo que propone el Gobierno Rajoy -con Gallardón al frente del Ministerio de Justicia- (en la imagen) no es dejar morir a un ser humano que necesite atención médica, sino evitar el turismo sanitario y la caradura tremenda de muchos que vienen a España con un doble objetivo: que les cure el Sistema público de salud español y, de paso, poner a parir a España y a los españoles.

Pero vamos con el comienzo, que no es mal método. El principio primero de la doctrina cristiana sobre la emigración son las fronteras abiertas. Así ha sido durante buena parte de la historia. Ahora bien, fronteras abiertas no significa que el recién llegado tenga los mismos derechos que aquel indígena que se los ha ganado a pulso, con su trabajo, sus impuestos y su propia historia, es decir, con su vida.

El segundo y más importante principio cristiano es que al inmigrante hay que recibirle como al paisano: con los brazos abiertos. A cambio, no pasa nada por exigirle un mínimo de gratitud al país de acogida, lo que no percibo en muchos inmigrantes extranjeros en España. Siempre recordaré la triste escena de dos ¿ecuatorianos? Uno de ellos escupió en una marquesina de autobús, en Madrid. Su compañero le afeó su conducta pero el guarro respondió: "¿Qué más da? Este no es mi país".

¿Por qué no respeta el inmigrante a los españoles? Porque los españoles no nos respetamos a nosotros mismos.

No, no me gusta la norma del Gobierno del PP. Cuanta más gente pueda atender nuestro sistema de salud mejor, a pesar de los necesarios recortes. Pero me resulta muy difícil soportar la demagogia de comunistas, socialistas y nacionalistas, asegurando que se está dejando morir a los menesterosos por la calle. Oiga, menos coña.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com