Sr. Director:

Como cada año en diciembre, y desde hace más de dos milenios, se repite la tradición de celebrar el nacimiento de Dios Hijo en una humilde borda de Belén. La escena nos la podemos imaginar sin mucho esfuerzo, pues la vemos constantemente representada en los tradicionales belenes o nacimientos. Es curioso reflexionar sobre este hecho singular, Dios Creador se humilla y se hace Hombre para redimirnos. Para nacer no elige ni escoge un lugar armonioso, ni tiene a su disposición las personas más apropiadas para que fuera un nacimiento en el que el calor humano abundara y ayudara a sentirse con seguridad y afecto. Al fin sólo estaban presentes el amor de María, de José y de unos pobres pastores.

El evangelio nos dice que no había en Belén un lugar adecuado para que María pudiera dar a luz a su Hijo. Es interesante pensar que el Creador del Universo, el dueño y señor de la Tierra, no hubiera dispuesto todo con más previsión, dejando todo a una aparente improvisación.

Pero nos quería dar un ejemplo entrañable: nacer en la frialdad de una parihuela abandonada, para enseñarnos que en lo sencillo y humilde Él pudo y quiso nacer.

Me imagino a José haciendo un gran esfuerzo por encontrar y adecentar ese lugar en el que nació Jesús. Sería humilde, pero no sucio; sencillo, pero no feo; frío, pero con el calor humano de los pastores y zagales; oscuro, pero iluminado con los corazones de tanta gente buena.

Ahora, en el año 2005, se repite la escena del nacimiento de Jesús en la sencillez y la humildad. Rememorar ese acontecimiento histórico nos hace pensar que siguen existiendo madres que dan a luz entre la indiferencia de los que les rodean, entre el silencio y tal vez el escepticismo de una sociedad ajena a los problemas que dicen que no les competen. Ahora, de nuevo, se repite la masacre de Herodes ejecutada con frialdad por quienes sólo entienden de egoísmos y placeres momentáneos.

Repasamos con la memoria las imágenes de estas últimas décadas de la historia, y vemos con sorpresa que los acontecimientos vuelven a hacerse nuevos. Niños que sufren en sus propias carnes la violencia y el dolor de las guerras, ya por la pérdida de sus padres o por la herida del napalm, la metralla, o las balas. Otros que mueren por las hambrunas, las enfermedades, o que quedan afectados para toda su vida por la esclavitud que sufren en cientos de fábricas que suministran a un occidente opulento manufacturas baratas y con importantes márgenes de beneficios a costa de su inocencia y su infancia. Y no faltan en nuestro recuerdo los niños a los que no se les ha permitido nacer, o mejor dicho, que se les ha prohibido vivir, por ser un estorbo a los planes egoístas de sus padres, recurriendo al más execrable de los crímenes para eliminarlos.

Es tiempo para la alegría, pero también para la reflexión y la toma de propósitos que lleven a la acción. Y para eso se precisa del cambio firme y duradero de nuestra actitud con los más necesitados. Abrir el corazón a los más humildes requiere del cambio previo de nuestra actitud. Sí, tiempo de alegría, pero de nada serviría si no estuviera acompañada con el compromiso y la solidaridad.

Jesús ha nacido, y Él nos pregunta: ¿Cuándo vendrás a verme al portal de Belén? ¿Cuándo vendrás a ayudarme en los niños indefensos de esta sociedad?

¿Cuándo me darás vida ayudando a evitar tantos crímenes injustos? Ahora te toca a ti pensar y sobre todo responder y actuar.

Juan Cañada

juan@yahoo.es