Cuando se preside un país que depende de la ayuda exterior es difícil resistir al chantaje. Los brasileños le han metido al ex presidente Zelaya en su embajada en Tegucigalpa y el presidente en funciones ha lanzado una oferta de diálogo que el agitador, naturalmente, considera insuficiente.

Mal hecho presidente Michelleti: eso es ceder al chantaje. Al chantaje y al cinismo, porque lo de Lula, asegurando que no sabía nada acerca de la intención del prófugo de colarse en su legación, constituye el mayor ejercicio de cinismo político que recuerda mi memoria periodística. Lula, el terrorista diplomático: un personaje para olvidar.

Michelletti debe avanzar. Romper relaciones diplomáticas con Brasil, un país que ha utilizado sus sedes para injerirse -no positivamente- en otro país y para provocar enfrentamientos y boicotear unas elecciones.

Debe exigir una fecha para que los diplomáticos brasileños abandonen el país y de su consulado se encargue otro Estado. Y si en ese tiempo Zelaya sale a la calle detenerle.

¿Acuerdo? No es posible mientras Zelaya se empeñe en suprimir las elecciones y volver al poder.

Insisto, no está en juego Honduras, sino la democracia real frente a la farsa de la democracia formal, y mientras Chávez siga animando las revueltas callejeras frente a un Gobierno que necesita paz social a toda costa para legitimar los comicios del 29 de noviembre.

Pero lo que en ningún caso puede admitirse es la burla diplomática del gigante brasileño.

¿Y ZP? Naturalmente con Lula, entusiasmado ante el terrorismo diplomático de éste y deseoso de colaborar en el proceso de conversión de Zelaya en un presidente permanente, que no deja de ser lo que él pretende ser en España. Eso sí, elegido en unas elecciones. 

Eulogio López

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