Decíamos ayer que el libro Madre de Dios y Madre nuestra analizaba el listado de apariciones marianas de la edad moderna pero deteniéndose en tres: Fátima, Ámsterdam y Garabandal.

Fátima es, sin duda, la más conocida. Con las apariciones a los tres pastorcillos de Aljustrel se inicia una nueva era donde los mensajes urgen a la conversión pero con perentoriedad. Se ha iniciado lo que muchos consideran el tramo final de la historia (y no olvidemos que dentro de 4 años cumpliremos el centésimo aniversario). Y es que en Fátima la Santísima Virgen habla de lo más importante: la necesidad de conversión de un mundo corrupto que, tras apartarse de Dios, vive la época más sanguinaria de la historia. María profetiza a los pastorcillos el final de la I Guerra Mundial pero advierte que "si no dejan de ofender a Dios otra guerra peor comenzará durante el pontificado de Pío XI. Cuando vean una noche iluminada por una luz desconocida (esto ocurrió el 28 de enero de 1938) esta es la señal que Dios les dará de que va a castigar al mundo por sus crímenes".

Y luego está el tercer secreto, que se arrastra hasta Juan Pablo II y el atentado de Alí Agca. Sobre él se han dicho muchas tonterías y alguna cosa sensata, pero bastaba con seguir a Lucía de Fátima, que sobrevivió a sus dos primos hasta el año 2000. Karol Wojtyla siempre tuvo claro que Nuestra Señora de Fátima hizo errar a Alí Agca, aunque le colocó a las puertas de la muerte. Tres años después del atentado, en 1984, el pontífice polaco consagra al mundo al Inmaculado Corazón de María, tal como la madre del redentor había solicitado en la aldea portuguesa 67 años atrás. Cinco años después cae el muro de Berlín y si no se derrumba el comunismo, al menos se derrumba el marxismo soviético, que ha marcado el siglo XX… para mal, naturalmente. La vidente sor Lucía da el visto bueno: era lo que la Virgen pedía.

Ahora bien, la caída del comunismo no significa que el mundo se haya dado la vuelta. No, Benedicto XVI tuvo que volver a recordarnos que la palabra clave del mensaje de Fátima es la tres veces repetida: penitencia, penitencia, penitencia. Eso, y ningún mensaje apocalíptico, constituye la almendra del mensaje de María a los tres pastorcillos. La cuenta sigue pendiente tras la II Guerra Mundial y mucho me temo que corregida y aumentada. Por ejemplo, la actual crisis económica, de proporciones nunca conocidas, no es causa de la evidente podredumbre moral que nos rodea: es su consecuencia natural. Y el fenómeno terrorista, que casi ha sustituido a la guerra tradicional, en el que el homicida, no sólo se esconde tras el inocente, sino que proclama la legitimidad de sus crímenes -otra vez la blasfemia contra el Espíritu Santo, lo bueno pasa por malo y lo malo por bueno- es otra de las consecuencias del hombre alejado de Cristo y empeñado en crearse su perdición.

Una última nota sobre Fátima. Para el eterno dilema entre quienes creen y quienes no creen en las apariciones marianas, Lucía, Jacinta y Francisco pidieron una señal a la Virgen, una señal que pudiera ser contemplada por todos. Y la Señora proporcionó esa señal, con el espectáculo de 'el baile del Sol' que, por cierto, sigue repitiéndose en Medjugorje, hoy, en 2013. En Fátima lo presenciaron 80.000 personas, y fue reconocido por periódicos librepensadores, es decir, ateos. Pero ¿quién se acuerda hoy de eso

Por otra parte, el milagro no es ajeno al hombre sino consustancial a él. Todos los días ocurren milagros, pero los milagros no convierten a nadie. El hombre se los exige a Dios para confiar en Él, cuando lo que pide Cristo es confianza en Él para poder ver y sentir el milagro. El milagro no es necesario para el que cree y resulta inútil para el que no cree. Sobre todo porque el que no cree es porque no quiere creer. Y por eso, ya está condenado.

En cualquier caso, con Fátima se inicia la época del milagro cotidiano. Algo que no ocurría desde la ascensión. Tengo una amiga que refleja muy bien el sentimiento mayoritario hacia los hechos sobrenaturales: "yo no quiero ver cosas raras", sentencia. Y, en efecto, no las ve porque no mira.

Eulogio López

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