En la primera entrega sobre la encíclica Lumen Fidei decía que la fe no es transigente, aunque no quiere decir que haya que imponerla. En definitiva, que el que no cree se condenará. La segunda entrega recordaba otra de las ideas lanzadas por el texto bipapal de Benedicto XVI y el Papa Francisco: sólo hay una religión verdadera, aquélla que puede llamar 'padre' a Dios.

En esta tercera glosa, Lumen Fidei introduce el factor iglesia. Ojo al dato: "Los cristianos son «uno» (cf. Ga 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo su propio ser. Se entiende entonces por qué fuera de este cuerpo, de esta unidad de la Iglesia en Cristo, de esta Iglesia que —según la expresión de Romano Guardini— 'es la portadora histórica de la visión integral de Cristo sobre el mundo', la fe pierde su 'medida', ya no encuentra su equilibrio, el espacio necesario para sostenerse. La fe tiene una configuración necesariamente eclesial, se confiesa dentro del cuerpo de Cristo, como comunión real de los creyentes".

Por decirlo con menos pulcritud y de forma más vulgar, como corresponde a mi condición de periodista, lo que la encíclica nos dice es que eso de "Dios sí, curas no", no sirve. La fe se vive en el cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo y cuya estructura es jerárquica: el Papa, que interpreta a Cristo para evitar equívocos, y el resto de los cristianos que, juntos, formamos el Cuerpo de la Iglesia.

Y con esto, de vuelta a la naturaleza de la fe: "Si no creéis, no comprenderéis". Palabras recogidas de la traducción bíblica de los Setenta, en Alejandría, y que no pueden resultar más pertinentes en el siglo XXI. Quien exige a Dios comprender para creer es que no ha entendido que la fe es confianza.

Primero confiamos en Cristo, de la misma forma que confiamos en las personas que amamos. Y luego comprendemos. Nada tiene de irracional el método. Simplemente, es la consecuencia lógica, no de la humildad, sino de la modestia intelectual de una criatura, la humana, que nace y se enfrenta, con sus cortas luces, al enigma del universo y, sobre todo, al enigma de la existencia.

El hombre no puede dar razón de sí mismo porque no es Creador, es creado. Y, eso sí, cuando le otorgas tu confianza a Jesús de Nazaret, entonces comienza el recorrido del entendimiento, entonces comprendes, y lo que antes era confianza ahora se vuelve sabiduría. Primero, confiar, luego comprender, luego saber, porque la caridad es anterior a la fe, aunque parezca lo contrario.

Eulogio López

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