Atrevido es -que diría el gran maestro Joda- reducir a dos el elenco de logros de Karol Wojtyla (en la imagen). Pero como soy periodista, ergo inconsciente, me atrevo.

El primer logro consistió en descubrir que el hombre no es hermano sino hijo. La persona es un ser-hijo. De ahí su dignidad, y, como decía el predecesor de Wojtyla, que era Chesterton, "cuando la gente comienza a desdeñar la dignidad humana no tardará en desdeñar los derechos humanos". ¿Y cuál es la dignidad del hombre a la que se refería Chesterton Wojtyla responde: la de ser hijo de Dios.

Esto no es una realidad  teológica, sino filosófica, que, como toda filosofía, trata de responder a una sola pregunta: ¿Qué es el hombre De la que surge la respuesta a otra: ¿Para qué está en el mundo y cuál es su destino

La otra realización filosófica  de Juan Pablo II, santo en abril, pasa del individuo a la sociedad. Esto ya es tarea de filósofos menores, es decir, de sociólogos (gente como Ortega y Gasset y similares) pero también cabe en el mundo de la filosofía, porque el hombre es, primero, un ser individual, ya definido como criatura elevada a la categoría de hijo del Creador, pero también es un ser que vive en sociedad. Vive en Cristo y para los demás… o está muerto.

En definitiva, el otro hallazgo de Juan Pablo II es la "civilización del amor", la única con posibilidades de supervivencia. El hombre no es lo que tiene sino lo que da. El hombre es una ser amante,  y si no cumple con sus cometidos acaba siendo un ser aberrante, que no es exactamente lo mismo.

Todo lo demás, el enciclopédico magisterio de Juan Pablo II, es consecuencia de esas dos 'normas'.

Eulogio López

[email protected]