Si se observa el presente gráfico, caemos en la cuenta de que la Comunidad de Madrid, no sólo la capital, se está convirtiendo en tierra de acogida. Una megaurbe -esto no me gusta- forjada, entre otros motivos, porque los asesores fiscales reclaman a sus clientes que se instalen en Madrid.

No se trata tan sólo de la reciente rebaja de impuestos decretada por el presidente madrileño, Ignacio González (en la imagen), porque el asunto viene de atrás. El empadronamiento en Madrid no deja de crecer desde 2006. Se refiere, sobre todo, al impuesto sobre el patrimonio. Recuerden, Zapatero lo reaviva y Rajoy, en lugar de suprimirlo, promesa eterna del PP, lo mantiene, porque aquí se trata de esquilmar al ciudadano todo lo que se pueda y algo más.

Ahora bien, Esperanza Aguirre e Ignacio González deciden aplicarlo de forma super-reducida en Madrid. Eso que ganan los madrileños.

El impuesto del patrimonio es radicalmente injusto. De raíz. El ciudadano no paga, ni por lo que gana ni por lo que gasta, sino por lo que tiene. Y por lo que posee, ya pagó al Fisco en el pasado.

Así que los asesores fiscales aconsejan a sus clientes de Barcelona, Valencia, Sevilla o Bilbao, que se empadronen en Madrid, lo que conlleva domicilio fiscal.

Dicen en Hacienda que no les importa que Madrid baje el IRPF y otros  gravámenes si cumplen con su plan de reducción del déficit. De acuerdo, pero si lo consiguen, Montoro tendrá que reconocer que él debería hacer lo mismo: bajar impuestos, sobre todo impuestos laborales, para mantener el mismo equilibrio fiscal y facilitar la inversión. A lo mejor descubre que es posible bajar impuestos y recaudar lo mismo, sobre todo si el Estado, o sea, él mismo, ayuda con un menor gasto.

Eulogio López

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