Panteísmo no es más que confundir lo material con lo inmaterial. Es la filosofía de nuestro tiempo y produce una sociedad de majaderos. No sé si mi amigo Javier Ybarra pretendía resaltar el tonti-panteísmo que nos asola cuando escribió estas brillantes líneas sobre la publicidad comercial, que no deja de ser campo abonado para el análisis social, esto es, para preguntarnos cómo somos en realidad.

Le ha salido bordado. Ahí va: "Parece que la locura se ha instalado en nuestra sociedad. Habrá que recurrir a los productos que manipulan los estados de ánimo y a los cosméticos. Estée Lauder tiene una loción llamada "Serenidad del Espíritu" y un champú "Cabeza Clara". Pepsico ofrece bebidas con nombres como Tolerancia, Zen y Karma mientras que el zumo de un pomelo de Tropicana promete "Nirvana" y el Gin Tónic de Gordon se compromete a la 'innervigorization'".

No conviene confundir el espíritu con la materia como hacen, por ejemplo, nuestros ecologistas. Y no todo puede ser materia porque la materia está en continuo cambio y el espíritu es lo que permanece. Así, si no existe el espíritu sencillamente no existiría nada.

Esto no es cristianismo, es mero sentido común. Que es, precisamente, lo que nos falta. Ybarra lo explica con un ejemplo lo que a mí me costaría demasiados argumentos. Desprecien lo mío y quédense con lo suyo.

Somos panteístas, sí, pero, sobre todo, tremendamente horteras.

Eulogio López

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