Sr. Director:

Noviembre es un mes propicio para encomendar a nuestros difuntos y como reflexión sobre el propio tránsito.

Una Europa cansina y aburrida que se hace vieja demográfica y espiritualmente, se ha levantado de su letargo al toque de trompeta de la crisis financiera. Una Europa que sólo admite el debate sobre la "muerte digna", porque la muerte natural es un misterio demasiado trascendente en manos de  un Dios desconocido.

La fe, dicen los médicos, proporciona una buena muerte, ya que da luz y esperanza ante tal trance: el reencuentro definitivo con el Amado, Aquel que nos propuso por boca de san Agustín: "La medida del amor es amar sin medida".

Pero muchos no conciben que Jesús pueda y deba ser amado, y sin embargo constituye el primer mandamiento divino sobre la raza humana.

Que el activismo del día a día no nos distraiga de la realidad que importa: nuestro fallecimiento abre paso a un tiempo sin tiempo con dos opciones radicales: la salvación o la condenación eternas.

Ana Coronado

corana22@gmail.com