Me lo comenta un lector: si no se puede comulgar en la boca porque existe peligro de contraer la gripe A, tampoco se podrá comulgar en la mano, intolerable conducto de contagio permanente. Nada de darse la paz, nada de utilizar agua bendita para santiguarse pero, ojo, nada de confesar, porque el aliento constituye el más terrible agente infeccioso. Si acaso, con mascarilla y nada de pasar el cepillo, otro foco conductor de virus. No confesar, no comulgar y, en definitiva, cerrar las iglesias y suprimir la administración de sacramentos que, al parecer, es de lo que se trataba.

Por cierto, pasando al terreno laico, propongo a la ministra de Sanidad que prohíba cualquier transacción comercial con dinero. Como usted sabe, billetes y monedas son un agente infeccioso de primer orden. Sobre el sexo, mejor no hablar. La prostitución debe ser prohibida pero, asimismo, las relaciones de pareja. Nunca más el sexo, rozamiento e interconexión en estado prístino.

De hecho, he llegado la conclusión de que la única manera de luchar contra la pandemia de la muy porcina gripe consiste en el suicidio colectivo. Eso sí, sin dañar el planeta que no tiene culpa de nada y, aunque un pelín recalentado, posee vida propia y muy respetable. Pero por lo que respecta al especie humana, lo sentimos, el único remedio es el holocausto. El último en suicidarse deberá ser el enterrador.

Eulogio López

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