La princesa Victoria, heredera al trono de Suecia, ha contraído matrimonio con su entrenador físico, un oficio tan noble como cualquier otro.

Ha sido un momento emocionantísimo y lo que más me ha llamado la atención es que el novio lloraba presa de la emoción mientras la novia se dedicaba, principalmente, a vender a su esposo, Daniel Westling, repitiendo aquello de mi marido que, más que una expresión de cariño, por su insistencia, parecía un reto a quienes se han opuesto al enlace, empezando por sus padres, es decir, por los suegros de Westling. Llora el novio consorte y presume la novia heredera: ¡Qué tiempos señores!

El gran enigma de la monarquía actual consiste en saber por qué la boda de una miembra -no Bibiana no ha sido invitada al enlace- de una institución presuntamente caduca, despierta tamaño seguimiento popular. A ver si va a resultar que el pueblo apostrofa de la monarquía pero todos quieren ser reyes y reinas.

La monarquía es un régimen agotado en cuanto dispone ya de más dinero que poder, síntoma inequívoco de decadencia. Algo falla, sin duda. Y es posible que tenga muchos detractores y pocos admiradores pero continúa congregando a millones de seguidores. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Ahora bien, su futuro, en un mundo globalizado, compuesto por unidades supranacionales, especialmente la Unión Europea, donde se acumulan las dinastías, corre serio peligro. Los monarcas carecen de potestas y han perdido auctoritas. La diferencia entre ambos es que la potestas está respalda por la ley mientras la auctoritas está respaldada por la moral. Ese es el problema del mundo actual: que como no cree en la moral carece de autoridad reconocida.

Y la auctoritas sólo se consigue dando buen ejemplo. Dicho de otra forma, el futuro de las casas dinásticas no puede radicar, como pretende la progresía, en su relegación a poder moderador del Estado. Eso puede ser una consecuencia, pero no su esencia. La monarquía no es un poder arbitral sino una referencia moral. Y si no, se irá a freír espárragos. Cuanto más inmoral sean las casas reales, cuanto peor ejemplo proporcionen al pueblo, menos durarán.

¡Ojo!, y ser el rey de todos no significa seguir las modas de todos sino los principios morales que conforman una sociedad. Por poner un ejemplo, la telebasura es una moda de todos pero no constituye los principios morales de los españoles.

Las casas reales viven hoy en el filo de la navaja: o se convierten en referencia moral o se convierten en sociedades anónimas. Es decir, desaparecen.

Posdata: este artículo no ha sido escrito pensando en doña Letizia Ortiz, futura reina de España. Mal pensados, que son ustedes unos malpensados

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com