No se pelean por una sentencia que ha sumado cientos de años de cárcel y que ha constituido la esperanza de los familiares de 192 víctimas mortales. No, se pelean porque el libro escrito por Elisa Beni (La soledad del juzgador), jefa de prensa del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, pone muy requetebién a su marido, Javier Gómez Bermúdez,  y muy mal a sus compañeros de tribunal, Alfonso Guevara y Fernando García Nicolás. Para no dejar cabos sueltos, la autora arremete también contra el juez instructor Juan del Olmo y contra la fiscal Olga Sánchez. En su campaña de comer hacer amigos, Beni también embiste contra el juez Baltasar Garzón que -y esto es lo más extraño- esta vez no pasaba por allí. O sea, un libro compensado, con el que el editor José Manuel Lara podrá cerrar su balance 2007 sin agobios. Por otra parte, hemos podido comprobar que la autora del libro, Elisa Beni admira a su esposo, el magistrado Bermúdez, lo cual es bello y ejemplarizante. El libro, por otra parte, está redactado en un elegante estilo de guionista de Hollywood: está el bueno, quien, por pura coincidencia es su marido, están los malos -que son todos los demás-, aunque un poco más los jueces compañeros -asaz envidiosos- que los condenados. Falta la guapa, que no encontramos por ninguna parte porque quizás quedara poco feminista. Del contenido de la sentencia se habla poco, quizás porque es el fondo de la cuestión y los contenidos no son los que han forjado el imperio editorial Planeta. Lo que se dramatiza, con mucha enjundia, es el papel de los jueces que, como hemos dicho están divididos en dos bandos, como los oyentes del bardo Asuracentúrix (seguro contra todo riesgo): él opina que es genial, los demás piensan que es un pelmazo. Porque claro, la broma de que la señora esposa escriba un libro hagiográfico sobre el papel de su señor esposo en el juicio del atentado terrorista más salvaje de la historia de España, por pura vanidad, y que su marido permite que le coloquen en el brete que le han colocado. Si yo fuera pariente de uno de los asesinados en los trenes de Atocha, no compraría el libro de doña Elisa.      Esto no es la hoguera de las vanidades, es un incendio forestal en toda regla. En cualquier caso, ahora sabemos cómo se suicidan los magistrados y sus esposas periodistas: se suben a lo alto de su ego y se precipitan al vacío. Eulogio López eulogio@hispanidad.com