Sr. Director:
He leído durante los últimos días diversas informaciones oficiales sobre la píldora postcoital y todas la presentan como una píldora maravillosa, inocua y eficaz, parecen informaciones salidas del departamento de marketing del laboratorio que las fabrica.

No obstante, muchos sabemos que no, que  eso no es verdad, que se trata de un disruptor endocrino muy potente; que no es anticonceptiva sino abortiva puesto que actúa no antes de las 24 horas del coito, esto quiere decir que si ha de actuar lo hace después de la concepción; que su eficacia puede ser inferior al 40 %; que tiene efectos secundarios; que la potente carga hormonal (como una bomba de hormonas la definía un especialista) se elimina por la orina, quiere decir que van a parar a las aguas residuales, siendo un contaminante del medio ambiente.

Se produce, además, un agravio comparativo con los agricultores. Si un agricultor quiere comprar, para su aplicación, un producto fitosanitario, muchísimo menos contaminante que la píldora postcoital, ha de ser mayor de edad y presentar ante el distribuidor, que anotará en el correspondiente libro de registro, el documento nacional de identidad y el carné de aplicador de productos fitosanitarios, carné obligatorio para aplicar y que ha conseguido tras un curso de 60 horas y un examen. En cambio, la postcoital (PDD) la venden a un menor, al que está prohibido vender un paquete de cigarrillos o un botellín de cerveza.

Ante este contrasentido me pregunto: ¿Dónde están ahora todos los grupos a los que tanto les preocupa la conservación del medio ambiente? ¿Dónde los que prohíben la aplicación de productos hormonales a las plantas  y el subministro a los animales? ¿Es que los disruptores endocrinos no son malos si los aprueba un Gobierno afín?

Domingo Martínez Madrid

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