Llegó Evo Morales a España, y él se vendió a un grupo de inmigrantes de su país que la madre tierra tiene tantos derechos humanos como seres humanos, que no son nada derechos y sí bastante humanos.

Se nos ha vuelto panteísta el bueno de Evo, aunque de inmediato cambió el discurso porque resultó que los bolivianos residentes en España no les preocupan nada los derechos de la madre tierra y sí que les regularicen sus papeles. Es como lo de la Diada: lo de la intendencia está muy bien, pero nosotros lo que queremos es trabajar. Así que Evo ya les ha prometido que legalizará a todos los bolivianos ilegales residentes en España.

Y el Ejecutivo Zapatero debe hacerlo, como no está nada mal que les condone la deuda externa. Eso sí, uno recomendaría al susodicho Ejecutivo español que, a cambio de condonación y de papeles -insistió apoyar ambas cosas con entusiasmo- se exigiera a Evo Morales que dejara de tocarle las narices a los directivos españoles -por ejemplo, de Repsol- de predicar contra el colonialismo genocida hispano e incuso -se van a asombrar- pedirles a los inmigrantes que respeten las costumbres del país que les ha acogido.

Mucho más coherente es su amigo Hugo Chávez. Primero se hace recibir por el Rey y el presidente del Gobierno con todos los honores, realiza él mismo su propia agenda en casa ajena -con la desagradable sorpresa de que la multitud de viandantes fascistas de la Gran Vía madrileña le increparan- y utiliza el petróleo para comprarle tanques y misiles a Rusia. Y esto es bello e instructivo. De esta forma, como su amigo Fidel lleva haciendo desde 1960, podrá matar dos pájaros de un tiro: matar de hambre a los propios, a los venezolanos, al tiempo que expande el socialismo por el mundo.

Y es que la política exterior de ZP supera una nueva frontera. Lo que está al otro lado no se lo decimos para que desarrollen ustedes su imaginación.

Eulogio López

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