No fue Alemania, sino Polonia, quien terminó con el comunismo. El obispo de Cracovia y el electricista de Gdansk han sido preteridos en el vigésimo aniversario de la Caída del Muro de Berlín. Merkel, que procede de la RDA, nada hizo por tumbar el comunismo, mientras George Bush se quedó en mero espectador, Gorbachov se aprovechó de la brecha abierta y Kohl reunificó Alemania a posteriori

El Museo de Solidaridad, situado a escasos metros de la entrada a los Astilleros Lenin, en la ciudad polaca de Gdansk, no se caracteriza por su suntuosidad, más bien exhibe penuria de medios. De cualquier forma, en sus estancias se emiten reiteradamente un vídeo que recoge el verdadero domino que se derrumbó en la Europa esclavizada por el marxismo: primero en Polonia, luego, como un castillo de naipes, en Alemania, Rumanía, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Yugoslavia, Albania, Finlandia y, como colofón, dejando abierta la URSS para que liberara a su 17 repúblicas esclavas y adelgazara hasta convertirse en Rusia.

Es importante que una historia tan reciente sobre una tiranía que aherrojó a la mitad de la humanidad, no se manipule ya en su vigésimo aniversario. Los vencedores del comunismo fueron el papa Karol Wojtyla y el electricista Lech Walesa.

El primero fue el pensador, y el hombre de fe, que criado frente al nazismo y desarrollado su ministerio sacerdotal en la Cracovia comunistas, supo exhibir ante el mundo las miserias de las filosofías nazi y leninista, su podredumbre interna, al tiempo que superando a la escuela Gandhi por varios cuerpos de ventaja, supo con vencer al Ejército rojo con la fuerza de la razón, de la palabra.

Por su parte, el sindicalista Lech Walesa, siguiendo los pasos de su admirado Juan Pablo II, con una valentía increíble, supo doblarle el pulso a un régimen que parecía imbatible, justo donde más presumía: en sus estructuras económicas que negaban el derecho a la propiedad privada y a un salario digno. Al final, se le ha invitado a inaugurar el simulacro de derribo del dominó de Berlín. Un gesto menor.

Y no es la izquierda convertida hoy en vaporosa, aunque peligroso, progresismo- quien le está robando el mérito de  la caída a Wojtyla y Walesa, al muerto y al vivo, sino la derecha pagana que controla Occidente, tan progre como capitalista, que controla Occidente.

La protagonista de los actos conmemorativos del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, metáfora de la caída del comunismo, es  Alemania y Ángela Merkel, cuando deberían ser Polonia y el precitado Wojtyla. La canciller democristiana se crió en La llamada República Democrática Alemana, pero no se le conoce tarea de oposición alguna al régimen de Erick Hocneker. La canciller alemana se está llevando una gloria que en nada le corresponde.

Helmut Kohl, su mentor, no derrumbó el comunismo, es más, fue un líder demasiado respetuoso con los vecinos. Eso sí, una vez tumbado el muro, Kohl se apresuró a logra la reunificación sin reparar en gastos.

Lo mismo puede decirse de George Bush padre, que nada hizo contra el comunismo ni de su antecesor, Ronald Reagan que sí, comenzó una tarea de desnuclearización, muy loable, ciertamente, pero Reagan jamás se planteó la caída del leninismo, sino su contención.

Me dirán que Gorvachov es un caso totalmente distinto. ¿Seguro? Gorvachov fue un personaje que no dirigió nada sino que fue dirigido por las circunstancias. Resultó muy útil, ciertamente pero fue totalmente inconsciente de que lo que estaba haciendo. Como confesó Juan Pablo II a André Frossard, el problema de Gorvachov es cambiar de Sistema sin cambiar el sistema. Con Vladimir Putin, la asignatura que identificara Wojtyla continúa con el aprobado pendiente.

Aquí el único que supo captar el peligro del huracán Wojtyla, que no amenazaba un cambio de régimen en Polonia, sino un viraje en toda la humanidad, la sometida la tiranía, el único que supo ver que Juan Pablo II ni pretendía destruir el Régimen de Varsovia sino el régimen estalinistas, fue el ucraniano Leonidas Breznev, secretario general del PCUS. En 1979, diez años antes la caída del Muro, Juan Pablo II inició  su primer viaje a Polonia. Aquel ucraniano, el hombre más poderoso del mundo en esos momentos, insiste ante las autoridades polacas en que el viaje no debería realizarse. A Edward Gierek, secretario general del partido comunista polaco le aconsejó: El Papa es inteligente. Díganle que suspenda el viaje por enfermedad.

No era mala amenaza. Juan Pablo II se habría pensado el viaje si las autoridades comunistas, en lugar de retarle en paz le hubieran amenazado con hacer una escabechina entre los católicos polacos.

Breznev sí sabía lo que estaba en juego, Gierek creyó que podía controlar a su compatriota. Por eso, al contemplar la deriva que tomaban los acontecimientos ordenó el asesinato del Pontífice.  

Ahora, veinte años después, la derecha pagana se ha adueñado de Europa. Y eso es lo malo: porque Juan Pablo II sí tenía un sustituto para el comunismo, pero los líderes europeos actuales no lo tienen. Saben que no se puede volver al comunismo, pero no saben hacia dónde deben caminar. Y algunos, incluso sospechan que la tontuna de Al Gore no supone ideario suficiente.

Como guinda de la tarta, el inefable presidente del Gobierno español, Zapatero, volvió a caer en el patético ridículo al que nos tiene acostumbrados, al comparar la caída del Muro de Berlín con la Transición a la democracia en España.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com