"La sabiduría consiste en desconfiar de uno mismo". La frase de uno de los grandes místicos del siglo XX, Pío de Pietrelcina viene como de molde para resumir el Pontificado de Francisco en general y la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Río de Janeiro, en particular. Una jornada ésta en la que, por cierto, todos los cabrones que pululan en las inmediaciones del altar –los más cabrones de todos- y aún otros más lejanos, se han apresurado a mostrarnos su mala crianza.

En Río, todo lo humano ha fallado. La organización –la Providencia ha evitado no una, sino un montón de desgracias- e incluso el cariz de algunas celebraciones que harán las delicias de todos los mal nacidos cristófobos por su cariz un pelín hortera. Por no hablar de los Leonardo 'Bluf' y compañía allá en América, o de los medios españoles, acá en Europa, empeñados en resaltar lo más relevante de la convocatoria: las feministas majaderas, los majaderos teólogos liberadores a los que ya nadie quiere oír, por no hablar de las referencias a los elevadísimos costes de las Jornadas Mundiales de la Juventud (en términos estrictamente económicos, un verdadero chollo para Brasil).

Es igual, el Papa Francisco puede con todo porque no se fía nada de sí mismo, sólo de Cristo. Es decir, no confía en la inteligencia humana sino en la sabiduría divina. Porque inteligencia y sabiduría son cosas bien distintas. La inteligencia te ayuda a comprender las cosas, la sabiduría te enseña a comprender la vida. Y la humildad de Francisco no se mide por sus zapatos desgastados sino por  esa desconfianza que el cardenal Bergoglio siente sobre sí mismo.

Utilizando el termómetro de la sabiduría, hay que recordar que la mayoría de los jóvenes no acudieron a Río para decidir a qué opción teológica se apuntaban, si a la Iglesia 'jerárquica' o a la Iglesia progresista. Acudieron para rellenar el vacío interior que les dejan los sabios del mundo -los inteligentes- y para conseguir que algún sabio como Francisco, siempre desconfiando de sí mismo, les ofreciera un sentido para su vida. Y resulta que ese principio era Cristo.

En consecuencia, el éxito de la JMJ Río 2013 consistirá en cuántos jóvenes, o no tan jóvenes, hayan aprovechado estos días para abandonarse en las manos de Cristo, esto es, para ser sabios. Ni más ni menos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) no conseguirá computarlo, pero eso no tiene por qué ser un problema.

Por lo demás, la JMJ de Río ha sido un verdadero fracaso. Y encima extraordinariamente costoso y reaccionario. Pregúntenle al corresponsal de RTVE.

Eulogio López
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