Me lo envía un lector: la definición que perpetra el DRAE de intolerancia dice así: Falta de tolerancia, sobre todo religiosa. Debe ser la influencia del académico Janli Cebrián, martillo de ortodoxos, pero lo cierto es que, para la Real Academia Española, intolerancia es sinónimo de intolerancia religiosa.

No cabe duda, la RAE se nos ha vuelto políticamente correcta. Para ella, no existe la intolerancia política ideológica, o la famosa intolerancia a la lactosa. Sólo la de los creyentes, unos intolerantes de mucho cuidado. No necesito aclarar que le problema es que, con esta definición tan progre de tolerancia pronto se cae en la intolerancia que estamos viviendo ahora mismo: es decir, si creer es lo mismo que ser intolerante, la religión debe ser perseguida. En ello estamos.

Más ejemplos, la enciclopedia Británica le da cinco significados, sólo uno coincidente con el de la Real Academia. La primera acepción es la más genérica: intolerancia es incapacidad para soportar una idea o persona con la que discrepas. El Espasa, también opta por la falta de tolerancia pero deja a la religión en paz.

Todavía recuerdo aquella entrevista televisiva con el director de la Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, realizada por Eduardo Sotillos. Hablaba De la Concha de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, así como de otros clásicos españoles, con la sabiduría y el entusiasmo que le son propios. En ese momento, el entrevistador, Eduardo Sotillos, primer portavoz de Felipe González (por lo demás, un buen periodista, sin duda) le atajó:

-Sí, pero todavía no había llegado la ilustración, momento en el que comienza la libertad  pensamiento.

O sea, que hasta el siglo XVIII la humanidad no pensaba. Es un dato interesante y uno de los principios del progresismo universal: antes de la llegada del progre, no existía el pensamiento, ni el arte, ni la filosofía, ni el derecho ni la libertad. El estado evolutivo era el propio de los dinosaurios.

Eulogio López

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