No conozco al nuevo secretario general de la Conferencia Episcopal, Gil Tamayo (en la imagen), pero recuerdo una maldad suya, al referirse a un cura con aspecto de galán, bastante aclamado por el público en ambientes mediáticos: "Ese es un cura de diseño", comentó. De entrada, este tipo me cae simpático.

La verdad es que no hay peor crítico de los curas que los propios curas. Me recuerda aquella reunión de veteranos clérigos madrileños en los que se empezó a comentar los errores del obispo, los asistentes del obispo y unos cuantos más. Fue entonces cuando uno de los asistentes intervino.

-Y ya que nos hemos puesto a pecar, ¿por qué no hablamos de señoras

Lógico: es más divertido hablar de señoras que hablar de obispos y en el caso de un sacerdote no sé cuál de las dos conversaciones es más reprobable. Para mí que la de los obispos.

No tengo la menor idea de si el nombramiento de Tamayo significa que Rouco gana o pierde o si el bando de los progresistas se ha impuesto al de los conservadores. Es más, no sé lo que significan esos términos ni me importa.

Lo que sí sé es que no me gustaría estar en el pellejo de Tamayo ni en ninguna de las cabezas de la Iglesia en España en estos momentos. Demasiada responsabilidad para cualquiera, incluso para los que tratan de encontrar apellido a Tamayo.

Sí ya sé que Secretaría de la Conferencia Episcopal es, en términos eclesiales, mucho menos importante que cualquier obispado o incluso que cualquier párroco dedicado a la evangelización. También sé que no pasaría nada si desapareciera la Conferencia Episcopal pero es el cargo más visible, aquel que siempre tendrá un micrófono delante. Es decir, traducido a la sociedad de la información, un micrófono no es más que un púlpito.

Y es tal la tarea que se le viene encima a este cura campechano que no tengo la menor intención de clasificarle sino de encomendarle.

Lo que sí sé es que cualquier responsable eclesiástico se enfrenta a una España convertida en una pocilga y en una nación de apóstatas. Hoy en día, si un cura no habla fuerte y claro -y veo pocos que lo hagan- estará actuando como el médico que tratara de curar un cáncer con compresas. Y tal parece que algunos dignatarios eclesiásticos no es que no lo hagan, que por supuesto que no lo hacen. Sino que, además, ni tan siquiera se dan cuenta de que viven en eso: en una pocilga de apóstatas.

Eulogio López

[email protected]