Poco a poco los españoles vamos descubriendo al Papa Francisco (en la imagen). Al menos yo. La catarata de libros sobre su personalidad aún espera un libro-entrevista como los realizados por Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Mientras eso ocurre nos entretenemos con lo que tenemos, que no es poco. Ha caído en mis manos un libro de Mariano Fazio, sacerdote bonaerense de la Prelatura Opus Dei titulado Papa Francisco, claves de su pensamiento. El problema del volumen es que insisto en que probablemente estemos en la era del fin del pensamiento y en la nueva, aunque siempre antigua, era de la voluntad, es decir, del corazón. Insisto en la sentencia de Chesterton, en aquello de "ahora ya está todo claro entre la luz y la oscuridad, y cada cual debe elegir".

Pues bien, he descubierto algo con el libro de Fazio, amigo personal del obispo Bergoglio en Buenos Aires: "Me comentó que hacía muchos años, en vísperas de la Virgen de la Merced, estaba viendo televisión con otras personas, hasta que salió un programa inconveniente. En ese momento le hizo la promesa a la Virgen de no ver nunca más televisión. Había cumplido la promesa y sólo veía alguna noticia cuando sus colaboradores le decían que se trataba de alguna cosa importante. Prefería enterarse de la actualidad por los diarios".

Ganas me dan de imitarle, si mi oficio de periodista me lo permitiera. Y, aunque parezca difícil, en fin, podría no serlo tanto.

A fin de cuentas, la sociedad se ha fracturado en dos: "los que ven y los que leen". Los de la tele y los de la prensa, en crisis terminal, e Internet. No necesito decirles que la sabiduría siempre se ha trasmitido por la doble vía del lenguaje escrito y de la palabra escuchada, no de la imagen. Y las mejores imágenes son las que no se dibujan, sino las imágenes-metáfora que se expresan con palabras, allí donde se une la fugacidad del mensaje con la perpetuidad del mensaje bien oído y mejor escuchado, esto es, allí donde se unen el presente con la eternidad.

Y no es que la televisión resulte inconveniente, es que resulta falsa, inauténtica. En ella, todo se convierte en espectáculo, y el espectáculo suele ser una impostura. No siempre, claro, sólo el 99% de las veces.

Eulogio López

[email protected]