Soraya Rodríguez y Soraya Sáenz de Santamaría (ambas en la imagen) han librado un combate para dilucidar cuál de las dos es más progresista, en el Congreso de los diputados, la mañana del pasado miércoles 27. Emocionante el esfuerzo de ambas púgiles por superar a la otra en modernidad.

Soraya Rodríguez enarboló el famoso libro -a ver si se convierte en vendidísimo- Cásate y sé sumisa, obra de una periodista italiana, casada y madre de cuatro hijos. Doña Soraya exigía la ideología de género obligatoria: que ninguna asociación que recibiera fondos públicos pudiera publicar tamaños atentados contra los principios de la ideología de género, que más bien son finales. Rasca a un progre y encontrarás a un censor.

Olvidaba la portavoz socialista que la Iglesia recibe fondos públicos para la enseñanza porque alguien debe educar y resulta que la Iglesia es un chollo educativo para el Ministerio de Hacienda. Los chicos de la privada-concertada salen por la mitad de precio de los chicos educados en la enseñanza pública.

Es decir, el Estado no subvenciona a la Iglesia. Si quieren pueden hablar de que la financian, que no es lo mismo. La diferencia es la misma que existe entre una subvención pública y un crédito bancario. ¿Usted no le está agradecido al banco con el que firmó su hipoteca y al que tiene que devolver el dinero y con intereses, ¿verdad

Y con la asignación tributaria ocurre lo mismo. No es una subvención del Gobierno a la Iglesia, sino de los españoles y es la única parte, mínima, donde es cada español quien decide a dónde van sus impuestos: a la Iglesia, a la ONG, al Estado. Ahora vamos con la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, otra de abanderadas de la ideología de género y partidaria de dejar las cosas como están en materia de aborto, es decir, con España convertida en un paraíso del infanticidio. Doña Soraya se apresuró a dejar claro que ella también repudiaba el Cásate y sé sumisa. Incluso se permitió asegurar que las mujeres presentes en la Cámara no aceptaban ese principio pero que había otras mujeres, allá lejos, en la calle, que sí. Para que lo entiendan, la vicepresidenta se comportaba en la misma línea que cuando advirtió, en sede monclovita, que "hay algunas cuestiones difíciles de comprender. A algunas nos ha costado una oposición".

Pues la verdad es que no se por qué no lo entiende. La idea central del libro es magnífica: el matrimonio es un compromiso entre un hombre y una mujer donde la mujer debe ser sumisa al hombre y el hombre ser sumiso a la mujer, dado que se han dado el uno al otro hasta formar una sola carne. Pero para comprender esto, se lo aseguro, no se precisa aprobar una oposición. Se necesita tener corazón y saber amar.

El problema del feminismo, que es lo que está al fondo, es que vive de mitos, de mitos falsos, no de mitos ejemplarizantes. Por ejemplo, uno de los mitos es que la emancipación de la mujer ocurrió anteayer gracias a que abandonó el hogar y se lanzó al mercado laboral. Gracias, en resumen, a la vanguardia feminista.

Pues no. A lo largo de toda la historia la mujer ha trabajado en casa, duramente, mano a mano con el hombre y en la misma empresa: la familia. En el campo, en el taller artesano. Es verdad que lo que distingue al hombre es la mayor fuerza motriz, pero a la historia económica no se la caracteriza por la fuerza bruta. En cualquier caso, la mujer ha realizado siempre un trabajo duro, a medias entre el hogar y la fábrica porque la fábrica, felices tiempos, era el propio hogar.

Sólo en un momento, posterior a la industrialización, hubo mujeres que apenas trabajaban en el hogar y tampoco lo hacían en las nuevas fábricas: centros impersonales de trabajo que poco tenían ver con la naturaleza humana.

Luego, la mujer salió a trabajar fuera de casa y pasó de ser socia de su esposo a esclava de su jefe. Un gran avance.

O como decía un amigo mío, periodista de izquierda: A estas, ¿quién las ha engañado Ahora la mujer no logra conciliar lo que durante 19 siglos, hasta la destrucción de la pequeña propiedad privada, la propiedad familiar, donde mujer y hombre trabajaban, codo a codo, en el hogar y fuera de él.

Eulogio López

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