Sr. Director:
El tamaño de las familias se ha venido encogiendo en todo el mundo especialmente en los países más ricos. ¡Son los ricos los que tienen menos hijos que los pobres! Las estadísticas cantan.

Esta decisión es un compromiso a medias entre las aspiraciones individuales del padre y la madre y el sueño de construir una familia. Un solo hijo no es el ideal, pero resuelve la incompatibilidad.
He oído a muchos matrimonios comentar que estaban en la duda en si comprar el coche este año o encargar al segundo niño. Y seamos claros y no hipócritas, la mayoría de parejas que se casan no quieren hijos; o tal vez uno y no más, y que no me vengan con la excusa de que no pueden. Tener hijos significa, ser responsables, renunciar a muchas cosas, sufrir y hoy no se quiere sufrir, olvidarse de sí mismo.

A los hijos únicos se les acusa de egoístas, mimados e irresponsables. Hoy día se les culpa del incremento de la delincuencia juvenil y del materialismo rampante. Los profesores se quejan de lo difícil que les resulta obedecer y dejar los caprichos.

Los padres de hijos únicos se gastan más en caprichos del niño, que los padres que tienen varios hijos y sin embargo privan a ese niño de la convivencia de vivir en el seno de una gran familia, que es la mayor felicidad que pueden darles.

A menudo el hijo único provoca tensiones y sentimientos de culpabilidad entre los padres. El resultado es que se preocupan mucho más que otras familias de la adaptación social y emocional de su hijo.

Les hablo desde mi experiencia de yo ser también hija única, y luego haberme convertido en madre de cinco hijos.

Es muy diferente cuando hay varios hermanos, entre todos comparten lo bueno y lo malo, la experiencia me dice que es diferente, incluso para los padres, nos sentimos más acogidos, más alegres. ¡Es tan distinta la vida de una familia numerosa a la familia compuesta por un solo hijo!

¿Se nos ha olvidado cuando Dios creó al primer hombre y dijo: Creced y multiplicaos y llenad la tierra?

Elena Baeza

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