Sr. Director:
Como ya sabemos desde el pasado 19 de junio y con ocasión del 150 aniversario del fallecimiento de san Juan María Vianney, el cura de Ars, Benedicto XVI proclamó un Año sacerdotal, bajo el lema Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote.

 

Y, es que el sacerdote no es un empleado sino un consagrado, un Cristo de Dios, célibe, que se nutre de la Eucaristía, lejano de las modas de este mundo y al servicio de la gente. Como recuerda el relato evangélico sobre el lavatorio de los pies de los apóstoles por parte de Jesús, la tarea del sacerdote está en la entrega incondicional: ¡El sacerdote no se pertenece! Está al servicio del Pueblo de Dios sin límites de horario y de calendario.

Hace meses oí a un sacerdote decir: Os ruego que pidáis, desde hoy, y durante todo este año, mucho por nosotros, los sacerdotes. No para que tengamos salud, ni para que no tengamos problemas, ni para que la vida nos sonría. No. Pedid sólo una cosa: que estemos unidos a Cristo. Que nuestro corazón palpite sólo con el suyo. Que estemos unidos sólo a él, como el sarmiento a la vid, para el bien de la Iglesia, para la salvación de los hombres, para la vida del mundo.

Así que no tiene ningún sentido esas encuestas que están realizando en algunos medios, sobre si ¿el sacerdote debe casarse? El sacerdote célibe se consagra por completo con un corazón indiviso al servicio de Dios y al servicio de su pueblo. Para hacerlo, él renuncia al derecho de casarse y tener una familia, no para permanecer solo y amargado, sino para tener como familia a la Iglesia.

El sacerdote es llamado a una forma particular de renuncia a sí mismo siguiendo las huellas de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros.

Elena Baeza