Pedro J. Ramírez, director de El Mundo, ha lanzado su particular campaña de acoso contra la Iglesia. El progresismo de derechas se une así al progresismo de izquierdas para darle una toba al cura. Tranquilos, por el momento, no estamos ante un acoso sexual, ni tan siquiera laboral o ‘mobbing'. Sólo es acoso ideológico, aunque este es el más peligroso de todos, porque es acoso y derribo. En el combate ideológico no se hacen prisioneros, ni tan siquiera para tratarles como los marines a los iraquíes. El único enemigo válido es el enemigo culturalmente muerto. Es decir, el enemigo denigrado de tal forma que debe recluirse en el interior de su conciencia y no atreverse a hablar en voz alta. En esta batalla, para matar a alguien hay que apuñalar su prestigio. Esa es la muerte cultural: ser reducido al silencio y ridiculizarle. Y no es una muerte dulce.

 

El domingo 9 de mayo celebraba el abajo firmante su cuadragésimo cumpleaños (con perdón) participando en la manifestación convocada por la plataforma ciudadana (si será ciudadana que es internetera) Hazte Oír (www.hazteoir.org), para protestar contra el monólogo blasfemo que se ha venido representando en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Es la segunda manifestación convocada en España por Internet. La anterior fue el 14 de diciembre, también en Madrid, ante la Clínica Dator, el mayor abortódromo del país. No manifiesto mi edad porque sea masoca, sino porque me di cuenta de que sólo faltaba mi generación. No hagan caso de las fotos interesadas de El País o El Mundo: lo cierto es que había sesentones y veinteañeros. Los que no estaban eran los cuarentones, el furgón de cola de la generación del mayo francés, a los que los cincuentones nos han dejado en herencia un desempleo galopante, pero, a cambio, eso sí, nos han permitido usar de unos sólidos principios, como la paz y la solidaridad universales, sin ir más lejos. Yo, a la generación de Felipe González y Juan Luis Cebrián les guardaré siempre eterna gratitud.

 

Sobraba una bandera de la Falange, la coartada de la progresía para identificar a quienes defendían a su Dios de la ofensa gratuita, de la extrema derecha. Y faltaban musulmanes, judíos y evangelistas, que apoyaron el acto por la libertad religiosa, pero tenían otra cita del mismo cariz: contrarrestar el empeño de la progresía agnóstica (quizás una reiteración, esto de progresía agnóstica) por identificar a la religión con la guerra, y la fe con la estupidez. Especialmente se echaron de menos a los musulmanes, porque los muy progres intelectuales que tomaban el café con displicencia al otro lado de los cristales, en el interior del Círculo, hubiesen modificado su hierática actitud si hubiesen visto aparecer un turbante. Es sabido que el tontainas del cuñadísimo, el autor de la obra, Iñigo Ramírez de Haro, ha decidido no escribir ningún monólogo titulado "Me cago en Alá". Por ahora, no ha explicado los motivos de tan lamentable laguna.

 

Al terminar, los organizadores del acto se acercaron al mando de la Policía Nacional para preguntarle cuántos asistentes creían que había allí: "Entre 4.000 y 5.000 personas", respondió el mando. Pues bien, horas después, la información oficial de la Policía Nacional hablaba de 600 personas, cifra a la que se acoge el diario El País como a un clavo ardiendo, y que Pedro José, en todo un alarde de conmiseración, eleva hasta 1.000. Estoy un poco gordo, lo reconozco, pero ni todo mi volumen podría marcar la diferencia entre esa cifra y los 4.500-5.000 que calculaba la policía.   

 

Es igual, para El Mundo, en la manifestación participaron unos cuantos cientos de personas, no más, y el asunto ha sido ventilado como una muestra de que todavía hay gente muy extraña que se molesta por una tontería. Como lo que decían mis paisanos satures: "Joé con estos castellanos, les llamas hijos de puta y se enfadan".

 

Lo único cierto es que los católicos empezamos a cansarnos del acoso, que se ha recrudecido con la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado de gente tan sectaria como su vicepresidenta primera, Fernández de la Vega, o su ministro del Interior, José Antonio Alonso. Así que hay que recuperar la voz y la calle. Es la batalla cultural del momento. Y promete ser apasionante.  

 

Eulogio López