En una entrevista, el periodista es libre para formular las preguntas que quiera pero no para inventarse las respuestas. Meses después de la felonía de Scalfari, quien recreó una entrevista con el Papa Francisco, tras una conversación sin grabadora y en la que ni tan siquiera tomó notas

Luego escribió, claro está, lo que le daba la gana, poniendo en boca del Pontífice lo que éste no había dicho. Es decir, que Scalfari, ateo y librepensador, mordió la mano que le tendió el católico Papa y contribuyó al repugnante secuestro del Papa Francisco, secuestro perpetrado por la manipulación y tergiversación de su mensaje apostólico a través de los medios.

Al parecer, el famoso periodista italiano nunca estudió deontología profesional. El único género en el que se permite que el objeto de la información decida lo que se publica es la entrevista. Por razones obvias: nadie quiere que se publique lo que no dijo. Por eso se envía la entrevista, una vez redactada, al entrevistado. Scalfari, como era una reunión de amigos, de igual a igual, no lo hizo. ¿Quién mejor que él para fiarse de su memoria y, aún más, de su profundísima inteligencia para decir lo que realmente piensa el Papa

Al final, el Vaticano ha concedido una entrevista  periodística 'a pachas' a un periódico italiano y a una página WEB, por aquello de evitar el secuestro-manipulación. Y ahí aclara lo que otros han confundido: por ejemplo, la comunión a divorciados vueltos a casar. Que no, que, precisamente porque la Eucaristía constituye la mayor prueba de amor de Dios al hombre, no podemos traicionar al Creador por una solidaridad mal entendida.

Pero es una más de las muchas confusiones sobre el mensaje del Papa Francisco. A mí me recuerda lo que se decía en los años setenta del pasado siglo, cuando comenzó una de las crisis más pavorosa de la Iglesia. Cuando le recordabas un punto del Magisterio, el que fuera, a un cristiano incongruente, siempre le respondía lo mismo: pero eso cambió desde el Vaticano II. Al parecer, no sólo cambió el Magisterio y la doctrina, sino hasta las propias verdades de fe.

Eulogio López

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