A las 8 de la mañana del martes 15 entraba en el madrileño Monasterio de la Encarnación -sí, el de la licuación de la sangre de San Pantaleón- y me encontraba con una sorpresa: una cruz de madera de unos cuatro metros de largo.

Era la cruz sin crucifijo que Juan Pablo II regaló a los jóvenes y que desde entonces recorre el planeta. Ahora está en Madrid dispuesta a seguir el periplo que terminara en la Jornada Mundial del Juventud Madrid 2011.

Chesterton utilizaba la cruz y el círculo para distinguir entre Occidente y Oriente, entre cristianismo y panteísmo, las dos únicas fuerzas reales en liza desde que el mundo es mundo. Es una de las imágenes más geniales que recuerdo. En efecto, el círculo es movimiento continuo, avance imparable, pero siempre regresando al mismo punto, recorriendo lo ya recorrido. Por el contrario, la cruz es un símbolo abierto a los cuatro puntos cardinales. Con no muy buenas intenciones, los romanos inventaron un gran símbolo.

Pero, naturalmente, la cruz no es sólo geometría. En ese cadalso se produce, no sólo la redención sino el gran secreto del Cristianismo. Un Dios que se anonada hasta morir en una cruz reservada a los delincuentes no representa solamente el misterio de la redención del hombre sino algo quizás más definitivo, menos importante pero más olvidado: el misterio del Gran Torino. ¿Recuerdan? Es el mensaje de Clint Eastwood, en el Gran Torino: la solución definitiva contra la violencia no está en matar sino en morir, en dar la vida por otro y evitar así la espiral de venganzas eternas. Claro que para morir se necesita más redaños que para matar.

No me extraña que les guste a los jóvenes. Morir y vivir, por lo que merece la pena, es más atractivo que matar. Al menos, para los valientes.

Eulogio López

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