El Real Madrid ya tiene la décima y su presidente, Florentino Pérez (en la imagen), ha sido elevado a los altares sin necesidad de hacer ningún milagro. 

 

El hombre que, tras el gol de Sergio Ramos, no le dio la mano al presidente Mariano Rajoy, sentado a su lado, pero sí a Aznar ex presidente ubicado en la tribuna de al lado, habla ahora del Madrid eterno, aunque algunos sospechamos que se refería a su propia eternidad en el cargo de presidente del club blanco, gracias al triunfo frente al Atlético de Madrid.

Florentino es un mercader que ha medrado a costa del favor político, que fue donde comenzó, desde Moncloa, y que llegó a la cumbre con el aznarismo, a costa de banqueros atraídos por su cercanía al poder político y a costa de los contratos del Estado y a las comunidades autónomas. En Madrid y en Valencia, lo que quieran.

Y ha sido el presidente del Real Madrid que se ha cargado el madridismo. Últimamente, Pérez se reivindica como hacedor de cantera, pero lo cierto es que Florentino ha vivido la mejor etapa histórica del Barça, cuando el equipo catalán se preocupaba de la cantera y él no. Una etapa del club catalán que comenzó a declinar cuando volvió a parecerse al Madrid de Floro: cuando fichó a un consagrado como el brasileño Neymar.

En la alineación inicial de Lisboa figuraban tres españoles: Casillas y Carbajal y un andaluz, Sergio Ramos, que mantiene la identidad del Madrid como el equipo de España, entre otras cosas porque se siente orgulloso de ser español. No es un académico, lo admito, pero tampoco necesita serlo.

El resto eran: dos portugueses, dos franceses, un croata, un alemán de origen turco, un argentino y un galés… comprados a golpe de talonario y que hubieran sentido la misma emoción por ganar la Liga de Campeones si lo hubieran hecho con el Bayern o con el Milán. 



No me preocupa su nacionalidad: lo que me preocupa es que no han mamado las divisiones inferiores de un Real Madrid convertido en un mercado de futbolistas. Cuando llegaron, ya habían alcanzado esa meta a la que aspiran a llegar los infantiles madrileños… y a la que saben que nunca llegarán: los florentinos han convertido el fútbol en un mercado bursátil donde se cotizan al alza los galácticos, que no dejan de ser mercenarios de mejor pagador. Por lo demás, mercenarios engreídos, pagados de sí mismos como un adolescente, iletrados pendientes de sus músculos… y ningún buen ejemplo para la chavalería.

Eso es acabar con el madridismo, el proyecto que recogió Florentino Pérez y que, durante sus dos etapas, se ha encargado de destrozar. En un momento de excitación, tras perder con el Celta en Vigo, aseguró el amigo Pérez, que si perdía la Décima se iba. Es una pena que la haya ganado. Así, el madridismo no resucitará nunca.

Recuerden, un club no es una empresa. No sé si es más o menos que una empresa pero lo que sí sé es que es otra cosa.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com