Aconfesionalismo real. Así titula el diario Gaceta de los Negocios (insisto, hoy por hoy el mejor periódico económico, y algo más que económico, existente en España) un minicomentario editorial en su edición del martes 12. No se lo pierdan: Sectores de la derecha pretenden mezclar a la Casa Real con la beligerante política laicista del Gobierno, que está presionando a la Corona para que se distancie de la Iglesia en los actos oficiales. La Casa del Príncipe tiene ya como prácticas no hace coincidir la inauguración de edificios con los actos religiosos de bendecir las instalaciones.

Naturalmente, se refiere a la negativa de la Casa del Príncipe a que SAR Felipe de Borbón y su esposa, doña Letizia Ortiz, coincidieran con el arzobispo de Pamplona-Tudela, Monseñor Fernando Sebastián, en la inauguración del Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Universidad de Navarra, obra corporativa del Opus Dei. La verdad es que Casa Real llamó, por dos veces, hablando de Monarquía aconfesional y de Constitución laica, supongo, sólo supongo, que con el aliento en la nuca de La Moncloa detrás. Pero, ¿qué más da que La Moncloa esté o no esté detrás? ¿Es que el Gobierno Zapatero le dice al heredero de la Corona qué traje debe lucir cada día y qué debe cenar cada noche?

El asunto llegó hasta el prelado del Opus Dei en Roma, Javier Echeverría, quien respondió que se las arreglaran como quisieran pero que tenía que haber bendición. Solución salomónica de Francisco Errasti, director de la Clínica Universitaria, de quien depende CIMA: El obispo acudió 24 horas antes y los futuros reyes pudieron inaugurar sin que oliera a agua bendita (ninguno de los presentes notó ningún tipo de hedor a azufre, que conste) y el cachondo de Errasti colocó en una pantalla la bendición del día anterior. Al menos, el muy aconfesional heredero al trono tuvo que tragar con una confesionalidad virtual.

Pero analicemos el texto de La Gaceta, que tiene sustancia: Sectores de la derecha. La verdad es que sólo hubo un medio digital, además de Hispanidad, que diera noticia del hecho, para retirarlo enseguida. Hispanidad.com no retiró la noticia, que fue comentada en varias emisoras de radio, mientras los grandes rotativos y las televisiones guardaban un silencio doloso y un poco cobardón.

Pero al plato le faltaba un hervor. Yo no sé qué les ocurre a muchos cristianos que sienten la inaplazable tarea de defender, ora la Monarquía, ora al Partido Popular, esperando, con esa defensa, sentir el aliento de alguna contraprestación. Sólo que la contraprestación no llega.

Así, La Gaceta acusa a sectores de la derecha, por lo que debo presuponer que Juan Pablo Villanueva, editor y director de Gaceta, se considera un hombre de centro, por lo menos centro-reformista. Esto está claro para todos y resultaría ocioso profundizar en ello. Por otra parte, y dado que Hispanidad es el único medio que ha continuado insistiendo en lo que podríamos llamar el sonrojo plamplonica, debemos estar situados en la derecha. Bueno, por lo que respecta a su director, esto es, al abajo firmante, tengo que decir que no me siento de derechas, y que Hispanidad será, en todo caso, un periódico cristiano, pero no un diario de derechas. Si he de apostar por una división política entre izquierdas y derechas, más propia del siglo XX que del siglo XXI, yo me declaro, sin dudarlo, de izquierdas.

Una vez ganada la posición centrista, movimiento estratégico más importante de lo que se supone en la actual batalla dialéctica, nuestro editorialista da un paso más. Al parecer, los susodichos sectores de la derecha (sin duda, derecha dura, para distinguirla del centrismo villanuevista) pretenden confundir a la Monarquía en el laicismo imperante. Se lo traduzco: el Gobierno es malo, pero SAR Felipe de Borbón es bonísimo, y, si por él fuera, no habría habido bendición en el acto inaugural, sino un Tedeum, una novena y varios rosarios, que sin duda hubiese dirigido la futura reina, doña Letizia Ortiz, dedicando a cada misterio unos segundos de honda meditación.

Sigamos con la conclusión del editorial gaceteril, enmarcada en la sección Lo que pasa, un título acertado y enjundioso, extraordinariamente pertinente. Hasta ahora sabemos que, en efecto, el Gobierno es un cabrito laicista, pero que no debe confundirse a la Monarquía con el tal laicismo, porque la Monarquía lo único que hace es obedecer dócilmente al Gobierno. Ahora bien, a renglón seguido, el centrismo nos informa de un hecho singularísimo : resulta que la Casa del Príncipe, ya estaba abonada desde tiempo atrás a la aconfesionalidad, así que, aunque el Gobierno sea un laicista y presione a la Casa Real, ni el tal laicismo ni la tal presión eran necesarios, dado que don Felipe ya se había pasado a la cosa laica y no quiere coincidir con cura alguno hasta dentro de un tiempo, que con la ceremonia de su matrimonio ya tuvo bastante, porque fue un poco larga.

¿Y quién es el culpable de todo esto? Pues, la derechona en general, y de Hispanidad.com en particular, empeñados en arrojar sombras donde todo es luminosidad, tan luminoso como los vestidos de doña Letizia. Eso es lo que ocurre, que hay mucho laicismo, (ojo, laicismo de izquierdas, ¿eh?) y mucha derecha montaraz. La verdad, claro, está en el centro-reformismo, o sea en el punto medio de la nada.

Ahora bien, oponer aconfesionalidad a laicismo es como intentar apagar un incendio forestal con una cerilla. Lo opuesto a laicismo es confesionalidad, el concepto que más molesta al centrismo. No hablo de confesionalidad del Estado, que sería injusto (al menos en nuestra sociedad), sino confesionalidad de algunas opciones políticas y de algunas instituciones.

Porque claro, resulta que el escudo que se expone en los Premios Príncipe de Asturias exhibe una corona pero todo el centro está marcado por una cruz. Y aún más: en el desfile militar del Día Nacional, celebrado en Madrid el martes 12, resulta que como homenaje a los caídos (ya no caen por España, pero tienen una caída llena de grandeza) sonó el himno Tú nos dijiste que la muerte. Incluso al despistado de Lorenzo Milá, editor manipulador del telediario más visto de RTVE, le metieron el gol de sobreimpresionar en la pantalla algunas frases de este himno religioso. Como se trataba de secularizar el Día Nacional, en el homenaje a los caídos sonó este precioso himno, compuesto por un hermano marista en pleno franquismo, y cuya letra es tan laica como esta:

Tú nos dijiste que la muerte/ no es el final del camino/ que aunque morimos no somos/ carne de un ciego destino./ Tú nos hiciste, tuyos somos,/ nuestro destino es vivir,/ siendo felices contigo,/ sin padecer ni morir.

Y para redondear la cosa, la segunda estrofa se muestra aún más aconfesional:

Cuando la muerte nos alcanza por el hermano perdido,/ cuando el adiós dolorido/ busca en la fe su esperanza./ En tu palabra confiamos,/ con la certeza que tú/ ya le has devuelto la vida, ya le has llevado a la luz.

O sea, todo muy aconfesional. Lorenzo Milá: ándate con cuidado, el enemigo está dentro, las envenenadas sombras de las sotanas recorren el Pirulí y Prado del Rey. Vigílate a ti mismo, Lorenzo. La malicia, y hasta la milicia, clerical aflora donde menos te lo esperas.  

Les explico: el laicismo, o negación del ser cristiano de España, es algo parecido a pretender ocultar el sol, algo similar a renegar de tu padre por adúltero o borracho (puede ser todo eso, pero no deja de ser tu padre). En frase tan brillante como desoladora, Oriana Fallacci decía que ella era una atea cristiana, porque todo su pasado es cristiano.  

Y respecto a acusar al pérfido Zapatero de manipular a la Casa Real, esto recuerda aquello de que Francisco Franco era intocable: los malos, malísimos, eran sus ministros. En otras palabras, es más que posible que Zapatero intente manipular a la Casa Real, pero también lo es que la Monarquía podría evitar esa manipulación si estuviera dispuesta a ello. 

Quizás el incidente de Pamplona haya sido la gota que colme el vaso, pero no es casualidad que el cardenal Julián Herranz, presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, haya denunciado el fundamentalismo laicista de algunos políticos y medios de información españoles. Son palabras más gruesas de lo habitual en el lenguaje vaticano. Lo que vuelve a incidir en lo tantas veces repetido en estas pantallas: la izquierda y la derecha han dejado de existir, lo que existe ahora son dos idearios igualmente enfrentados: los que creen en Dios y los que no creen, siempre en la consideración de que, como decía Chesterton, cuando no se cree en Dios, se acaba por creer en cualquier cosa.

Eulogio López