Sr. Director:

El aborto no es un asunto católico. Se trata de un tema fundamental de derechos humanos. En efecto, creo que es el asunto más fundamental de nuestro tiempo.

Dada su importancia, la Iglesia ha hablado claramente acerca de ello y afirma que es un aspecto esencial de la fe católica. Sin embargo y, desafortunadamente, en los últimos meses algunos de nuestros políticos católicos han elegido plataformas públicas para hacer declaraciones engañosas acerca de ello.

Uno de los argumentos engañosos es la afirmación de que la determinación del inicio de la vida es un tema de fe. Pienso que la biología moderna nos muestra claramente que la vida humana empieza en la concepción. Los embriólogos nos pueden mostrar que dentro de pocas semanas el embrión ha desarrollado características identificables, incluyendo su cara, brazos y piernas.

Y el Siervo de Dios Juan Pablo II en su encíclica Evangelium Vitae (no. 60), citó con mucho acierto una declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe que dice que desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre... la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desa-rrollarse y poder actuar.

Es confuso, entonces, que el Senador Biden, que es católico, diga que aunque esté preparado para aceptar las enseñanzas de mi Iglesia, él se niega a imponer sus ideas a los demás apoyando la criminalización del aborto. Este modo de pensar implica evadir los duros retos de gobernar en una democracia y, al mismo tiempo, revela una ceguera ante la gravedad del tema del aborto.

Permítanme ser claro. No estoy cuestionando ni el carácter ni el servicio público del Sr. Biden. Pero sí estoy disputando su razonamiento moral sobre un tema grave de nuestra sana convivencia como ciudadanos norteamericanos -la diaria y continua destrucción de más de un millón de vidas humanas inocentes cada año-, una destrucción permitida por nuestras leyes y llevada a cabo con la complicidad de muchos sectores de nuestra sociedad, desde políticos y jueces hasta médicos y enfermeras, y de miembros de los medios de comunicación social.

Repito: el aborto no es sólo un tema católico o un asunto de fe. Es una realidad que afecta las preguntas más fundamentales de cualquier civilización humana: ¿quién puede vivir y quién no -y quién puede decidir esto-? ¿Acaso los derechos o libertades de uno incluyen el derecho y la libertad de extinguir la vida de otro más débil?

La posición de la Iglesia católica ante estas preguntas es clara. Nuestro Salvador escogió venir a este mundo de la misma manera que cada uno de nosotros vino al mundo, pasando nueve meses en el vientre de una madre. La Beata Madre Teresa solía hablar con frecuencia sobre esto. Ella nos recordaba que nuestra religión empieza con la historia de dos mujeres embarazadas y sus niños no-nacidos. Y Juan Bautista, un niño no-nacido, fue el primero en proclamar la presencia de Cristo  -cuando saltó de gozo en el vientre de su madre en la Visitación (cf. St. Lc. 1:39-45)-.

El rechazo del aborto ha sido un elemento básico de la identidad católica desde los primeros días de la Iglesia. La Didaché, un manual de moral Católica escrito antes que los últimos libros del Nuevo Testamento, condena el aborto como infanticidio. Atenágoras, un catequista, escribió al Emperador romano en el año 177 d. C. que la Iglesia considera el aborto un asesinato porque el feto en el vientre es un ser creado y por tanto, un objeto del amor de Dios.

Esto nos dice que la oposición a la abominación del aborto es más que una posición política partidista. Para el católico, esta creencia llega hasta el núcleo del misterio que Cristo vino a revelarnos cuando entró en este mundo. Este misterio está reflejado en el documento fundacional de nuestro país, que nos habla de que nuestro Creador nos dio derechos que nadie puede quitarnos o pretender que no tenemos, siendo el primero de éstos el derecho a la vida.

Todo esto tiene repercusiones en nuestra participación en el proceso político. Un católico tiene que estar preparado para vivir y defender las verdades por las que Cristo vivió y murió. Un católico tiene el deber de preguntarse: ¿Un candidato, que cree que debe ser legal matar a un niño completamente desarrollado por razones indefinidas de salud, está capacitado para el servicio público? Y también, ¿podemos aceptar candidatos que apoyan la investigación con células estaminales de embriones humanos, o la clonación, o la eutanasia? ¿Podemos progresar verdaderamente en cualquiera de los asuntos críticos que afrontamos como nación, si no podemos ponernos de acuerdo en proteger a los más pequeños e indefensos entre nosotros?

Hacernos estas preguntas no es una imposición de las creencias católicas a otros americanos. Al contrario, esta es la contribución política que, personas moralmente maduras, deben hacer a una democracia. Es ser testigos de las verdades que Jesús nos ha revelado -verdades que, una vez más, están establecidas en el documento fundacional de nuestro país-.

Los católicos estamos obligados a procurar líderes que tengan el valor necesario para defender estas verdades. Líderes que no tengan vergüenza ni temor de buscar medios pacíficos y democráticos para persuadir a nuestros conciudadanos de esta verdad natural esencial que es también un aspecto fundamental de las enseñanzas de la fe católica.

Que María, la Madre de Dios y nuestra Madre, siga intercediendo por nosotros para que seamos hombres y mujeres de la vida y proclamemos el Evangelio de la vida a nuestro mundo.

Félix Fernández

felixfernandez@ffastur.net