Gonzalo de Berceo, en los milagros de Nuestra Señora habla del Reino de los Cielos como el lugar: "do ladrón nin merino nunca puede entrar".

Un merino era un juez adscrito a una comunidad o territorio, y, miren ustedes, lo que el sabio hombre medieval -a su lado los modernos somos auténticos tarugos- sabía es que un ladrón no entraría en el Reino de los Cielos. El Medievo inventó las catedrales, las universidades, los parlamentos y hasta los municipios. Luego la edad moderna lo fastidió y los postmodernos hemos plagiado y malentendido la errónea interpretación de la modernidad a los modernos. O a lo peor los hemos entendido muy bien y así nos va.

Pues bien, el razonamiento del medieval doctor Berceo no tiene tacha: un chorizo era un enemigo de la propiedad privada, y la propiedad privada es la clave de la libertad. Le estaba vedado el paso al hogar vigilado por San Pedro.

Y un juez mucho menos. El hombre medieval se guiaba por la justicia y la justicia tiene poco que ver con la ley y la ley poco que ver con los fallos judiciales.

Por eso digo que no confío en la justicia, aunque la acato: ¡Qué remedio! No creo en los jueces, sean de Jueces para la Democracia (JD) o de la Asociación Profesional de la Magistratura (APM), sean del PSOE o del PP.

La gente tampoco cree en los jueces, según las encuestas, y sigue conduciéndose por la vieja maldición gitana. Sólo que les tienen miedo. Es lógico: el relativismo imperante nos había condenado a la estupidez supina del 'nada es verdad ni nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira'. Pero como el hombre no puede vivir sin certezas, necesita algo que fuera vedad o que se aceptara como verdad. Y ahí lo tenemos: las sentencias judiciales, la producción intelectual más triste y, por lo general, injusta, de la humanidad, convertida en los nuevos mandamientos de la ley natural, tan proscrita como necesaria.

Y una vez que hemos abierto la jaula del escorpión éste se va de marcha y se comporta según su naturaleza. Los jueces de hoy, ensoberbecidos como ningún otro colectivo, se comportan como dioses, más bien demonios, que deciden quién es bueno y quién no lo es y, ya de paso, quién debe gozar de libertad y quién no.

Es más, se constituyen en gobiernos no electos, que tiran bajas políticas trenzadas por mandatarios elegidos popularmente, lo que no ocurre con los jueces.

Y lo peor: deciden, para el conjunto de los hombres, lo que está bien y lo que está mal. Esto último sí que es temible.

¿Quién detendrá a los nuevos aprendices de brujos con toga que hemos creado Naturalmente, la Ley Natural, eso que en la calle conocemos como moral. Si recaemos en la cuenta de que existe el bien objetivo, la verdad absoluta y la belleza inequívoca (así como la fealdad indiscutible), no necesitaríamos de los jueces para otra cosa que para la que siempre hicieron: mediar en pendencias. 

Y como no sé si este horizonte es muy lejano, en el entretanto, habría que instaurar el jurado y, sobre todo, otra medida urgente: si los falibles políticos son elegidos democráticamente, los jueces también deben pasar por el mismo aro. Es lo que llamamos justicia popular, y a la que se oponen todos los pedantes del mundo, los de izquierda y los de derecha. Y, naturalmente, los jueces.

Sus Señorías se han convertido en los nuevos ministros y en los nuevos moralistas. Como Baltasar Garzón (en la imagen), nuestro Fray Gerundio de Campazas que hoy predica en púlpito público y bien pasado, profiriendo unas barbaridades que dejan en nada al personaje del Padre Isla, cuando se pone a dictaminar sobre el bien y el mal. O mejor, como Garzón es juez, no moralista, cuando pontifica sobre quién es bueno y quién es malo. Éstos últimos suelen coincidir con todos sus adversarios. Es un tipo ecuánime, juez de profesión.

Eulogio López

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