Lo cuenta así un amigo: "Si un divorciado ejemplar e interesado en los sacramentos puede recibir la Eucaristía, también, con esa lógica, podría recibir el matrimonio canónico para su nueva unión. ¿Dónde está mi error".

No hay error, es una analogía perfecta, Si, en efecto, como indica el cardenal Walter Kasper (en la imagen), conviene dar la comunión a los divorciados, de nuevo casados o emparejados, ¿por qué no concederles nuevo matrimonio canónico Así, de un plumazo nos cargamos la eucaristía y el matrimonio. Dos sacramentos de siete. ¡Qué digo! También podemos concederles el orden sacerdotal. Así nos cargamos, además, el pérfido celibato eclesiástico. Y van tres. Y ya de paso, ante las seguras reticencias de la caverna católica -los famosos ultracatólicos, es decir, católicos a secas- creamos una Iglesia paralela, auténtica, la Iglesia progresista.

El último paso consistiría en expulsar a la caverna de la nueva Iglesia y 'purificar' la Curia, que ya no sé exactamente lo que es, pero, sin lugar a dudas, constituye el compendio de todos los males.

En el entretanto, las parroquias -las ultracatólicas, naturalmente- se dedican a lo suyo: a acoger a los divorciados vueltos a casar para ayudarles a rezar y a aclarar su situación. Pero para ello no hay que cambiar la doctrina, que no puede cambiar: lo que deben cambiar son las personas.

El actual problema de fondo, cuando de matrimonio hablamos, es que muchos hombres y mujeres, muchos, contraen matrimonio canónico sin conocer, o no queriendo conocer, a qué se están comprometiendo. En castizo: que muchos quieren estar en misa y repicando.

Se lo digo de otra forma: ¿cuántos se casan sabiendo que se están comprometiendo a un enlace para toda la vida, con fidelidad, apertura a la vida -sí, en principio, salvo causa mayor, a todos los hijos que Dios quiera otorgarles- y a entregarse al otro para logra la sanidad común de ambos cónyuges

Y conste que nadie les obliga a casarse por la Iglesia si no están dispuestos a todo eso. Y ojo, que la comunión de los divorciados no es una cuestión menor, ni mucho menos.

Eulogio López

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