Sr. Director:
Está claro, somos unos malos imitadores de Dios intentando competir con él en la fabricación de bebés.

El modo unitivo divino de engendrar os amaréis hasta ser una sola carne que Dios bendice con la donación de un alma particular, ha sido sustituida por el hombre y su fría técnica como fuente de enriquecimiento, bajo un disfraz altruista de satisfacer el deseo de paternidad en matrimonios, solteros y homosexuales. El fracaso está a la vista: los nacidos a través de la fecundación in vitro tienen una probabilidad un 30% superior de sufrir defectos genéticos en las válvulas del corazón, labio y paladar leporinos, o deformación de intestino y esófago. Una investigación australiana dejaba ver unas mayores tasas de hospitalización en los tres primeros años de vida.

Reveladoras son las declaraciones de la Iglesia: Ese deseo lógico de paternidad, no puede ser antepuesto a la dignidad que posee cada vida humana, hasta el punto de someterla a un dominio absoluto. Tampoco el deseo de no tener un hijo, una vez concebido, puede justificar su abandono o destrucción.

El progreso de la industria  in vitro es una historia de innumerables vidas sacrificadas (embriones desechados), bebés nacidos que nunca conocerán a sus padres biológicos, y cientos de miles de vidas condenadas a un limbo helado en los congeladores de las clínicas.

Cristina Téllez

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