Sr. Director:

Somos contadores de historias, le oí que dijeron una vez los cantantes Víctor Manuel y Ana Belén. Todos, en el fondo, somos cantautores de sílabas. Reconozco que me agradó el dicho y hasta lo interioricé. Habrá pasado el tiempo, pero este pensamiento lo tengo grabado en las entretelas. Hoy me sirve de titular para la historia que voy a conjugar. ¿Qué sería de la vida sin el alma de una canción? Para empezar, es el arte más natural, entra por el oído y va directo al corazón. Tengo, además, la conciencia de que nuestra vida mental es un argumento de sensaciones. La consecuencia que saco de todo ello, es que somos innatos contadores de leyendas. De hecho, también, los psiquiatras trabajan sobre historias que escuchan, evalúan y luego diagnostican.

Hay contadores que me gustan más que otros. Algunos me repelen. Pongamos la evidencia en el terreno gubernativo. La antología del disparate político se lleva la palma en la canción de los despropósitos. Unas veces, como chismes novelados, la política desentona. Otras, como un cuento de fábulas semánticas, el político de turno desafina. Cuando es una ficción encadenada a la habladuría, chirría. Cada cual se monta su historia y la recita a su manera. Rajoy dice que Zapatero es un presidente errático que carece de proyecto. Zapatero, que Rajoy y sus discípulos, enhebran viejas políticas y viejas falsedades. Cada loco con su tema y todos saliéndose por peteneras. Lo deseable sería hacer valer pentagramas que nos concierten y conduzcan a mejor historia de vida. Al fin y al cabo, la vida es una historia contada en presente que necesita armonizar momentos. Pongamos el abecedario justo.

Es por ello, que detesto a los manipuladores de lenguajes que implantan su música. En la misma línea, a los que imponen por decreto en BOE, sin propuesta alguna. Así no se pueden consensuar posturas. Si no hay consenso, se produce la absurda historia del enredo con la consabida inseguridad jurídica. Lo que hoy un legislativo aprueba, mañana otro lo desaprueba, nada más que se produzca la alternancia en el poder, tan propio de la democracia. En el mismo grado, censuro la chulería de cambiar modelos sociales y tradiciones a golpe de poder ¿Dónde hemos dejado las historias gozosas producidas por la ética democrática? El mundo entero tiene necesidad de contadores de historias en los que fiarse, que incluyan en su guión de vida puntos de referencia esenciales. No matar, no mentir, no robar ni codiciar los bienes ajenos, respetar la dignidad fundamental de la persona humana en sus dimensiones físicas y morales son principios intangibles, que obligan tanto a cada persona humana como a las diversas sociedades.

En las descripciones hay que tener mucho cuidado con las palabras que se entrelazan. Figúrense lo importante que son las frases en las historias de cada día, que la asociación del 11-M, afectados por el terrorismo, les gustaría que el Bosque de los Ausentes, tuviese otro nombre. La ausencia es tan triste y tan dolorosa, y tiene unas connotaciones tan negativas, que le hicimos una sugerencia al alcalde: ponerle Bosque del Recuerdo, que etimológicamente significa pasar dos veces por el corazón, indica Manjón. Nos conviene cuidar estos fondos para ganar comprensiones. Al menos hay que oír a quien nos habla. Es lo mínimo entre personas. Las tensiones, como las ausencias, pesan mucho. El recuerdo, sin embargo, como apunta Manjón-, tiene ese perfume que sale de adentro, tan puro como el aliento del alma. Yo veo que no está mal purificar lo que se ha politizado, para desgracia de nuestra historia.

Cuando se pierden todas las medidas y todas las dimensiones humanas, la desorientación toma argumento y la angustia vital se apodera de la leyenda. Hay que ir de la fragmentación a la integración de los lenguajes. Siempre es más fácil y cómodo despreciar al próximo que preocuparse por él y asumir el reto de elevar su nivel de vida, o sea de integrarlo y no darle la espalda. La unidad en el guión siempre ha sido la causa del encumbramiento de unas naciones, así como la división lo ha sido del derrumbamiento de otras. Debemos, en consecuencia, redescubrir el gran valor de la unidad de argumentos, y sobre éste valor construir el futuro. Retomar el camino de la unidad humana, establecer vínculos entre lenguas, será la forma de enfrentar con éxito los retos que el proceso globalizador dicta como argumento.

Reconozco que me gustan los contadores de historias que concilian, aquellos que buscan siempre la justicia para sus argumentos vivientes, y que llevan consigo el impulso del amor, que va más allá de la misma rectitud. Es la sociedad humana la que hay que renovar con nuevos y regeneradoras pruebas. Todo ser humano, corazón y conciencia, es una historia a considerar.  No cabe la exclusión. De ahí la importancia de las experiencias de vida en barrios marginales. Esas historias con final feliz, aparte de dejarnos  un buen sabor de alma, contribuyen a que la versión se represente en diversos entornos con el posible efecto llamada que produce, a un desarrollo armónico que depende que las personas puedan realizarse como seres humanos y que la misma sociedad civil avance como un todo equilibrado donde se conjuga el bien individual y el colectivo. Estos ámbitos están fuertemente incardinados, hasta el punto que cuando uno se desequilibra, bien por exceso o por defecto, a todos nos afecta.

Los escenarios donde se producen las historias tienen también suma importancia. Y cuidado con las escenificaciones de los contadores de historias que pretenden darnos la vuelta en la visión, que olvidemos las raíces argumentales, permutándonos valores y creencias que sustentan nuestra unidad de convivencia y desarrollo, Mal desenlace tiene alimentar desconfianza y hostilidad o generar odios y venganzas. Esto es lo que hay que frenar.

Debiéramos, todos a una como los de Fuenteovejuna, tener la convicción de que la humanidad ha de establecer un guión, donde la sinopsis esté más al servicio del hombre y permita a cada uno y a cada grupo, afirmar y cultivar su propia dignidad.  Esa es la cuestión, en cuestión, en el contador de historias. Contar que la vida es una historia para vivirla y beberla compartida. No la destrocemos con historias de terror. Una historia de calma, por favor.

Víctor Corcoba Herrero

corcoba@telefonica.net