Ricardo Blázquez (en la imagen) es un buen hombre y un gran pensador (teólogo), afectuoso y servicial. Es el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española desde el miércoles 12 de marzo, en sustitución de Antonio María Rouco.

Ya he manifestado mi opinión sobre la Conferencia Episcopal Española (CEE): si desapareciera mañana no pasaría absolutamente nada. En la jerarquía católica hay dos elementos fundamentales: el Papa o sucesor de Pedro y ellos, obispos, sucesores de los apóstoles.

El obispo lo manda todo en su demarcación. La Conferencia Episcopal es una institución eclesial de tinte político, una réplica de las instituciones públicas ocupadas de los asuntos terrenales. ¿Saben quién se ocupaba antes del Concilio de esto, por ejemplo, de negociar con el Gobierno la libertad religiosa En España, el primado, es decir, el obispo de Toledo, fuera quien fuera, y el nuncio de su Santidad, que ese sí que es un embajador.

Pero como dudo de que mi propuesta salga adelante, tengo que añadir que me importa un bledo quién presida la Conferencia Episcopal Española. Lo importante de Blázquez, no es que presida bien la CEE, sino que sea un buen obispo. Insisto: el nombre del presidente de la CEE tan sólo interesa a quienes cobran de la Conferencia Episcopal Española. A los cristianos lo único que les debe importar es que su obispo sea santo.

En cualquier caso, la progresía alaba hoy el cese del carca de Rouco y su sustitución por el progre Blázquez. Una verdadera estupidez, porque ni Rouco ni Blázquez son ni lo uno ni lo otro. Pero cuidado con nuestros amigos progres. No lo duden: hoy fusilarán a Rouco y laudarán a Blázquez, pero, pasado mañana, esa misma progresía ridiculizará a Blázquez.

Hoy dicen que Rouco venía de la cavernícola etapa Ratzinger, mientras Blázquez está con los 'nuevos tiempos' de Francisco. Mañana crucificarán a Blázquez y a Francisco. Al tiempo.

Eulogio López

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