Lo siento mucho, mucho, pero me temo que Polonia esté dilapidando el patrimonio espiritual que le dejara Juan Pablo II el Magno.

Es verdad que el que tuvo, retuvo, y todavía impresiona ver cómo los polacos viven la eucaristía, arrodillándose ante el santísimo antes de ingerir el Cuerpo de Cristo.

Pero mi última visita a Polonia, y en concreto a Cracovia, la ciudad donde habita la historia, el resumen del mundo, me ha dejado, por vez primera, un sabor agridulce. Cinco años después de la muerte Karol Wojtyla, las autoridades de la capital cultural de Polonia afrontan un serio problema de mendicidad. Ojo, no es la mendicidad producida por la crisis, por la pobreza generalizada, la de quienes buscan sobrevivir a la miseria y la desesperanza. No, hablo de la mendicidad viciosa, la de quien se ha acostumbrado a un nivel de vida (el de los anuncios publicitarios) y no está dispuesto a renunciar a él y, naturalmente, pretende que se lo financien los demás.

En los centros comerciales de firmas de lujo -los mismos centros, las mismas firmas, los mismos artículos, la misma gente, que pueden verse en cualquier capital de los cinco continentes- de Cracovia hay muchachas que se prostituyen para comprar un móvil o el último modelito. No, no son muchachas analfabetas, son universitarias, en una ciudad de 750.000 habitantes que cuenta con 150.000 matriculados en los más de 20 centros universitarios. La viva imagen del salvaje instruido.

Decía George Weigel que las burradas de esta generación no son ni mayores ni peores que la de generaciones anteriores, pero sí hay algo que llama la atención en el mundo moderno: la incapacidad de los formados para formar a los no formados.   

En Cracovia he visto lo que nunca soñé ver durante el último quinquenio. He visto jóvenes alcoholizados en mayor proporción que en cualquier capital española. He visto el cinturón verde que rodea la estupenda ciudad vieja, cubierto de restos de canutos y manifestaciones de jovencitos en la Jagellona, exigiendo free hug, libertad para abrazarse, una libertad que nadie ha proscrito y que significa justamente eso que está usted pensando: beneficiarse a la prójima -o al prójimo, que así no se romperá la parida de la paridad- hasta donde permitan las concavidades y convexidades corporales.

La vestimenta de las jovencitas cracovianas se corresponde con el ambiente: cara e impúdica. La moda femenina no es lo más importante, seguro, pero dice mucho. No olvidemos que la mujer no es el sexo débil porque sea menos fuerte que el varón o menos inteligente. A la mujer se le presupone inteligencia como a los militares la valentía. Lo único que se les pide es que sean discretas y no pedantes, elegantes y no exhibicionistas. La joven impúdica no es discreta y todos sabemos, incluida la interesada, el mensaje que se envía alrededor. Sí, el pudor no es la virtud más importante, pero sí altamente ilustrativa.

Los jovencitos cracovianos pasean su confusión entre las tiendas de alcohol, como si regular su venta moderara su consumo.

Naturalmente, los precios altos han colocado a la gente comprometida, es decir, a los padres de familia con hijos, en una situación límite. Los salarios son menos flexibles que los precios.

Cracovia está sucumbiendo a la corrupción. Les recuerdo la teoría de los gases: cuando la corrupción venenosa y hediondo gas, soporta demasiada presión, tiende a estallar. Con la corrupción pasa lo mismo.

Sigo siendo miembro entusiasta de la revolución juanpaulina, nacida en Cracovia, mundo entre los mundos, pero me preocupa que, tras haber plantado cara al nazismo y al comunismo, los polacos vayan ahora a sucumbir ante el capitalismo de los precios altos, los deseos imposibles, los bolsillos llenos, la cabeza vacía y el corazón helado. La ciudad donde habita la historia está escribiendo un capítulo contrarrevolucionario, que abdica de la revolución wojtiliana. Esta nueva Polonia no es antigua, es vieja, esperemos que renazca. Sobrevivió al socialismo y regaló la victoria al resto del planeta; ahora, el capitalismo parece aplastarla, pero yo confío en los polacos y en los cracovianos.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com