Tenía 77 años cuando un derrame cerebral le forzó a abandonar el cargo de primer ministro de Israel. Ariel Sharon, el "León de Israel" (en la imagen), ha permanecido ocho años en coma profundo. No sabemos nada de esa etapa de los seres humanos. A lo mejor entendía todo lo que pasaba a su alrededor, o al menos, algún conato.

Casos se han visto. Su hijo Gilad asegura que iba a visitarle cada día y le hablaba, "por si acaso entendía algo". ¡Quién sabe si no lo entendía todo! En las fronteras entre la vida y la muerte, entre la materia y el espíritu hay territorios que nos son totalmente desconocidos.

Dice su hijo que "se fue cuando decidió irse". No es verdad. Se fue cuando Dios quiso que se fuera. Ni un minuto antes ni un segundo después. La muerte es el único aspecto de la vida donde no reina la propiedad privada. Porque nuestra vida no es de nuestra propiedad.

Pero, ojo, y esto es lo bueno, se fue cuando Dios quiso sin que nadie precipitara su muerte. Ariel Sharon ha muerto a los 86 años de edad tres ocho en coma profundo. Y a nadie se le ocurrió matarle, es decir, desconectarle de los aparatos que le mantenían con una vida, en principio, vegetativa, pero vaya usted a saber.

A Sharon no le eutanasiaron porque era un señor importante, ex primer ministro de Israel y héroe de guerra. Pero hay otros muchos que no tienen sus credenciales o un hijo de la categoría de Gilad Sharon y que, por tanto, que pueden caer en manos de cualquier doctor Muerte o de cualquier ministro de Sanidad obsesionado con el control del coste sanitario. No, a Sharon no le eutanasiaron, otros corrieron y corren peor suerte, en aquellos países donde se ha legalizado la eutanasia o se ha generalizado el vacío moral que lleva a despreciar toda la vida humana, a veces la propia.

Y, por cierto, la eutanasia, como el aborto, siempre se aplica sobre los débiles. ¿Por qué será

Eulogio López

[email protected]