Además, impone las primarias a Rubalcaba y se considera traicionado por Chacón y por los nacionalistas. Durán Lleida habla de moción de censura y los mercados financieros piden la dimisión del presidente. En el PP, Gallardón se pide la Secretaría General y Cospedal intenta compatibilizar la Presidencia de La Mancha con la dirección del partido. Esperanza Aguirre, la triunfadora, baraja dimitir a mitad de Legislatura y dar paso a Lucía Figar

Lo bueno que tiene un fracaso electoral es que todo el mundo dice lo que había callado durante la campaña. Lo bueno de un éxito electoral es que todo el mundo habla de las ambiciones ocultas.

 

La bolsa cae, la prima de riesgo sube, Rubalcaba y Carme Chacón abandonan a ZP en la noche de la derrota y Durán Lleida habla de una moción de censura y los nacionalistas vascos exigen la dimisión de Patxi López de Vitoria, es decir, la ruptura del pacto entre Gobierno en Euskadi entre el PSOE y el PP. Y lo más grave de todo: José Bono guarda silencio. Está claro que José Luis Rodríguez Zapatero se aferra al sillón monclovita y ya se ha puesto de moda en los mentideros políticos madrileños la imagen de que "a éste tendrá que echarle la guardia civil".

 

La soledad de ZP ante su propio partido quedo bien patente cuando se le vio llegar a la sede de Ferraz acompañado únicamente por el consejero de Telefónica, Javier de Paz, con quien entró en el edificio. Ya se preveía el desastre. Es igual, persiste. Rodeado por aquéllos cuyo cargo depende de la continuidad del líder -Elena Salgado, Manuel Chaves, Elena Valenciano, Leyre Pajín y Pepiño Blanco-, Zapatero ha decidido morir matando. Insistió en las primarias y lo mismo hizo Blanco en la mañana del lunes, cuando lo que le pide Rubalcaba es que le ceda la Presidencia ahora mismo para poder iniciar el contraataque frente al PP. Además, ZP se considera arrinconado por Carme Chacón, la presidenciable catalana a la que había opuesto a Rubalcaba, el hombre del felipismo.

No sólo eso, el social-nacionalismo no es posible con ZP, presa de sus propios errores, especialmente con Bildu. Ahora el convergente Durán Lleida habla de moción de censura  y los peneuvistas exigen que se rompa el pacto PSOE-PP en Euskadi. En otras palabras: quieren recuperar la Lehendakaritza. Y si no es así, dejarán caer al PSOE en el Congreso de los Diputados.

Por si fuera poco, los mercados financieros también votan, a su manera, es decir, con el chantaje: la prima de riesgo de España se dispara y la Bolsa de Madrid se derrumba, aunque es cierto que no mucho menos que el conjunto de mercados europeos, por el asunto griego.

Y nuevamente, Obama, el amigo americano, viaja a Europa sin pasar por Madrid, un espaldarazo que ahora ZP hubiera agradecido como nunca.

La derrota desata las peores pasiones pero la victoria desata las lenguas. El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, ha obtenido su tercera victoria absoluta pero su triunfo no ha sido tan claro como el de Esperanza Aguirre, y eso que era presumiblemente más sencillo. En el balcón de Génova el alcalde protagonizó un discurso que fue un ditirambo a Mariano Rajoy, cohibido ante el incienso que le caía encima. Y es que Gallardón sabe que su carrera política puede enterrarle en Madrid. Ahora ya no pide ir al Congreso, sino ser secretario general del PP, una forma como otra cualquiera de dar el salto a la política nacional. Su vergonzante ditirambo de la noche electoral hacia Mariano Rajoy tenía un destinatario: quiero ser el secretario general del PP y, si fuera menester, ceder la alcaldía a Ana Botella. De esta forma se ganaría el afecto de José María Aznar y de Manuel Fraga.

Sólo que Cospedal, a quien Fraga no aprecia demasiado, quiere compatibilizar la presidencia de la Comunidad Manchega con la dirección del partido.

Y mientras, la mayor triunfadora de la noche, es decir, Esperanza Aguirre, baraja irse a mitad del legislatura y dejar su cargo en manos de Lucía Figar. Solo que a lo mejor no le gusta que Gallardón acceda a la secretaría general.

¿Y qué quiere Rajoy? ¡Quién lo sabe! Bueno sí, quiere ser presidente del Gobierno y con un Ejecutivo lo más alejado posible de su actual aparato. Por ejemplo, con Pablo Isla como vicepresidente económico.     

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com