El tiempo que nos queda -sean muchos o pocos los ocasos que aún contemplaremos, las únicas plegarias dignas de ser rezadas: Una por existir y otra por no olvidar. Estos versos de Chesterton vienen al pelo para resumir la actual situación de los católicos españoles ante las urnas. No vendría de más recordar que existimos como católicos, no ayudados por la clase dirigente, sino muy a pesar de ella. Al mismo tiempo, ni los amnésicos pueden olvidar, a estas alturas, que el PP, donde supuestamente vegetan y militan los políticos católicos, es un partido que, no sólo no tiene nada de cristiano, sino que, además, se permite el lujo de burlarse de esos valores no negociables y presume de ello. Aún así, persisten los pusilánimes que insisten en que los católicos deben votar al Partido Popular. La verdad es que evoca aquello de que la vida es ruin con los ruines y audaz con los audaces. Porque, insisto, a estas alturas, empeñarse aún en votar al PP como mal menor empieza a adquirir ribetes de tragicomedia. Está claro que un católico no puede votar a ninguno de los partidos que hoy ostentan representación parlamentaria ni tampoco a las dos fuerzas emergentes: Podemos, por neocomunistas; Ciudadanos porque exhibe el mismo laicismo que en su día exhibía su gemelo, Unión, Progreso y Democracia (YPyD). Los cristianos que votaron a Rosa Díez son hoy conscientes de su plancha como lo serán los que sean engañados por Albert Rivera. ¿O es que se están engañando a sí mismos? Ahora bien, el drama continúa: si voto a partidos que respetan mis principios siempre perderé. Sea, pero si no votas a esos partidos nunca obtendrán representación parlamentaria. Y sí, existen esos partidos. Por ejemplo, el izquierdista SAIN, por ejemplo, el derechista AES, por ejemplo, si dejan de mariposear con algunos conceptos clave (espero que lo hayan hecho tras su alianza con Familia y Vida) a Vox, aunque en este punto no estoy tan seguro: que me demuestren que ha cambiado. Y si no, siempre queda la posibilidad, o el deber, de votar en blanco, que es un voto asaz significativo. Pero lo que no vale es votar contra la propia conciencia Pero existe otra cuestión más primaria… y  más primera. ¿Para qué votamos? ¿Para ganar o para cambiar la realidad conforme a nuestros principios? Porque si sólo votamos para ganar, entonces vote usted al PP, al PSOE, a Ciudadanos, o a cualquier caballo ganador. A fin de cuentas, al votar de ese modo se estará comportando con la misma tibieza y la misma incoherencia con la que trabaja Mariano Rajoy o cualquier otro político capaz de vender sus ideas al ritmo del pensamiento groucho-marxista: "estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros". Eulogio López eulogio@hispanidad.com