Sr. Director:

Tiempos duros para la Iglesia. Y no es únicamente por las circunstancias y dificultades que nos envuelven en estos momentos. El ambiente, la falta de formación, la indiferencia ante situaciones irregulares que se han convertido en regulares, la apatía, la… son muchas y diversas las causas que han propiciado el alejamiento de las gentes del redil salvífico de la Iglesia. Se habla incluso de una Iglesia en decadencia. Los continuos esfuerzos de un Papa, que acusa ya la fatiga propia de la edad y del tremendo esfuerzo, parecen caer en un espacio vacío carente de límites. Son tiempos efectivamente de dura prueba.

Pero no hay que olvidar algo tan fundamental como que la Iglesia es una institución de carácter sobrenatural fundada por Jesucristo y que permanecerá hasta el fin de los tiempos. La Historia, como argumentaba san Agustín, es una repetición cíclica de acontecimientos. Se han visto épocas mucho más comprometidas que la actual y nadie se explica cómo fue posible el resurgir. Nadie se explica (por generalizar), aunque sí existe una explicación razonable, pero de orden sobrenatural: El Resto de Israel, esta es la clave. Ya el Antiguo Testamento nos habla en diversos pasajes de este resto de Israel que fue el germen de un nuevo resurgir del Pueblo de Dios, que parecía tendente a desaparecer. Un grupo reducido de fieles que gracias a su oración, a su confianza en Dios, a su trabajo esforzado y anónimo para difundir el bien hizo posible la continuidad.

El cristianismo, en sus dos mil años de historia ha sufrido numerosos avatares en los que parecía próximo a tocar su fin y sin embargo siguió adelante y con más pujanza todavía. Pues bien, esto es lo que necesita la Iglesia en la actualidad: un resto de Israel. Un puñado de hombres y de mujeres fieles a Dios, y por ende a la Iglesia, que con su lealtad inquebrantable, su oración continua y su vida apostólica, serán las que transmitan a las generaciones futuras que Jesucristo vive y vive en su Iglesia. Rogelio Úbeda