La longitud del camino que debemos recorrer es incierta. Nacemos y andamos, a paso ligero casi siempre, ya sea por la esperanza de la juventud o porque la vida nos aprieta allá por donde vamos. Y para colmo la parada, nuestra parada final, no sabemos en qué recodo nos espera.

Hoy vamos de caminos, de preguntas y respuestas, del descubrimiento que nos obliga la admiración en cada uno de los sobresaltos que nos brinda nuestra peregrinación. Quizá por eso tenemos que parar un momento y pensar en qué dirección vamos. Posiblemente estemos en una época en la que pensamos que el camino donde avanzamos no se mide por kilómetros, ni por días de marcha… Parece más bien que se jalona por el éxito humano. Por unidades de medida en lo material, en el poder, en la fama. Todo es posible y además legítimo, siempre y cuando para alcanzarlo se haga de forma noble. Sin embargo, y por encima de la legitimidad noble, hay otro camino real al alcance de todos, que es el camino de las cuestas arriba, con charcos fríos y barro con el que irremediablemente nos manchamos los zapatos. Un camino que se hace en descubierto, donde somos abofeteados por el viento, la lluvia fría o el sol impenitente.

Nuestro objetivo con o sin fe, es Dios. Dios nos pone en el camino y nos da las opciones para seguir en él o desviarnos

Comprendo que puestos a elegir, dudar en qué camino debemos escoger, parecería de tontos no elegir el brillante o de tontos tomar el difícil, si ambos llegan al mismo puerto. Sin embargo considero que es imposible -excepto casos extremos, que los hay- elegir uno u otro. El camino de todos es una mezcla de ambos, solo nos diferencia las preguntas que nos hacemos y las respuestas que recibimos y cómo queremos asumirlas. Sí, asumirlas, porque la vida tiene normas intangibles más duras que el acero y la oposición a ellas nos harán sufrir hasta la tristeza.

La vida, nos guste o no, es envejecer hacia un objetivo que no es la muerte. Nuestro objetivo con o sin fe, es Dios. Dios nos pone en el camino y nos da las opciones para seguir en él o desviarnos. Nuestra libertad es así de curiosa, permite ir en contra de nosotros mismos aunque no lo sepamos. La vida es como lo que es, salirnos de nuestra realidad es fruto de nuestra inmadurez. No se trata de ser un simplón, ni tampoco reconvertirnos a una sociedad de castas, como en la India. Podemos, y debemos, mejorar nuestra vida y la de los que nos rodean. Pero hay una serie de claves que nos pueden avisar de si nos estamos desviando en el camino, y entiendo por desvío cuando nuestro éxito lo medimos solo por las metas cortas que nos ofrece el materialismo. Al fin y al cabo, lloramos y reímos con el mismo corazón. Y con ese corazón es con el llegaremos al final, con los costurones de las batallas y las arrugas de la edad. Por eso hoy hablo de caminos y traigo tres libros que tratan de esto, de hacer camino: una novedad, un clásico y otro imprescindible.

Querencio (Sekotia) de Sergio Gómez Moyano, es una novela recién salida del horno que narra una historia, en plena Edad Media, en la que en un joven se produce un vacío de la existencia cuando su mejor amigo muere. Entonces, abatido, decide dejarlo todo e irse por el mundo buscando las respuestas a incompresibles circunstancias de la vida que de pronto carece de sentido para él. A lo largo de su recorrido se encuentra diferentes personas que le darán distintas respuestas y con las que el chico tendrá que reconformar su abatida vida.

Orad sin cesar (Grafite) varios autores y prólogo del padre José Luis del Palacio. Este pequeño libro que recoge tres clásicos de la literatura cristiana, incluye entre ellos uno de los más importantes El peregrino ruso, anónimo y que ha sido leído por millones de personas y generaciones continuadas. Cuenta la historia de un un hombre que decide recorrer los caminos de la Rusia zarista en busca de Dios y trata de encontrarlo allá donde para. Personas, espacios, circunstancias como el robo de sus pertenencias o el éxito de la amistad cree que pueden ser señales inequívocas de que Dios está allá, en vez de acá.

La isla del fin del mundo (Rialp) de José Miguel Cejas. El protagonista de este relato, un viajero también errante, va en busca de esa isla legendaria, y encontrará a su paso personajes sorprendentes que le irán encaminando hacia su destino, a veces sin saberlo. Un relato de esperanza, de humanidad y de ternura, que recuerda al lector el viaje que también él recorre, en busca de su isla del fin del mundo.