Lo que más me llamó la atención del caso Luis Montes es que el susodicho sedador de Leganés se pasó meses diciendo que él no perpetra eutanasias.

En cuanto le declararon inocente -lo que no costó mucho dado que dos de los tres jueces que tomaron la decisión acababan de firmar un manifiesto judicial pro-eutanasia- don Luis se convirtió en el adalid del Gobierno para una ley sobre eutanasia. ¿En qué quedamos?  

Ahora, el Gobierno andaluz de don José Antonio Griñán, uno de esos escasos personajes que aúnan una soberbia sin límites con una grosería sin límites, ha decidido legalizar, no la eutanasia, porque no puede, pero sí la sedación. Y como dicen las crónicas del evento: También se regula el derecho a recibir tratamiento sin dolor, incluyendo la sedación paliativa y aunque ello pueda acortar su vida.

Dios nos dio la palabra para ocultar el pensamiento, repiten los labriegos navarros -o al menos allí lo he escuchado yo- y esto es especialmente cierto en la era del modernismo, donde el 99% de la argumentación consiste en aclarar lo que se quiere decir con cada palabra.

Vamos a ver: para relajar, sedar y evitar el dolor de un enfermo, aunque ello le acorte la vida, no es eutanasia, entre otras cosas porque es lo que defiende la Iglesia -presunta enemiga de la muerte digna- desde su nacimiento. Claro que hay que evitarle el dolor al enfermo, incluso cuando eso debilite las defensas del organismo. El problema de Luis Montes es que se le morían enfermos en 24 horas y sin posibilidades de decidir nada. A lo mejor es porque Montes era un tipo sensible, que no podía contemplar el dolor ajeno.

Y como el enemigo de los digna-muertos es la Iglesia, vamos a clarificar cuáles son los principios que sustentan la doctrina cristiana sobre la eutanasia:

1. Libertad. En la media de lo posible, se debe intentar que el enfermo tenga conciencia libre para ver qué es lo mejor para él, y en esa libertad le está permitido todo menos el suicidio. De hecho, no ha sido la Iglesia, sino la sociedad civil, en cualquier tiempo, de cualquier régimen, quien impide, si es necesario por la fuerza, la automutilación y el suicido.

Además, si al moribundo no se le priva de su consciencia tendrá oportunidades de ponerse en orden con Dios. Porque toda la cultura del relájate, sédate, muérete, nos lleva al cómo morimos en nuestra avanzada sociedad tecnológica: entre familiares que mienten, amigos que mienten, médicos que mienten...

2. El segundo mandamiento de la Iglesia sobre la eutanasia es que la vida es muy bonita. El cachondo de Chesterton se compró una pistola el día de su boda, para proteger a su mujer de piratas y bandidos. Confesaba que no sabía ni cómo se utilizaba y que sólo tenía ganas de hacerlo cuando veía a uno de tantos agonías confesar aquello de que la vida no tiene ningún sentido. En ese momento -confesaba el periodista inglés- sentía ganas de utilizar la pistola para hacerle un favor. Dicho de otro modo: el que no ama la vida es un ingrato y, también en palabras de Chesterton la primera forma de pensamiento es el agradecimiento.

3. La tercera norma de la Iglesia en materia de eutanasia es que la anti-tautología de que tu vida no es tuya, entre otras cosas porque te ha llegado sin pedirla. No hay derecho de propiedad alguno y sólo una alternativa. Si crees en Dios está claro de quién es tu vida, del Creador; si no crees, puede otorgarle la propiedad a cualquiera excepto a ti mismo.

Tres mandamientos elaborados por un servidor quien, antes de echar la rúbrica se auto-exonera de cualquier contenido herético que en los susodichos haya sido formulado.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com