En breve se estrenará la película sobre las Fosas de Katyn, uno de esos episodios sobre el que la Guerra Fría impuso la censura en Oriente y la autocensura en Occidente. En plena Guerra Mundial, en 1943, las tropas de Stalin asesinaron a 20.000 polacos en un intento por descabezar a las elites intelectual, sacerdotal y militar del odiado país y, siempre el leninismo unido a la mentira, aprovecharon para echar la culpa a los alemanes. No necesitaban los nazis más imputaciones en Polonia, donde cometieron las mayores bestialidades, ejemplificadas además de en Auschwitz, en la última orden de Adolf Hitler para Varsovia: que no quede ningún muro de más de medio metro de altura en la capital del país.

El estado de ánimo polaco se describe a la perfección con la siguiente historieta:

"Si nos atacan los alemanes por el Oeste y los rusos por el Este, ¿a quién debemos disparar primero? A los alemanes, porque lo primero es el deber, luego, el placer".

Pero Katyn no eran el último hachazo que los polacos sufrirían a manos de los soviéticos. Vencido el nazismo, el padrecito Stalin se apodera de Polonia y vuelca sobre ella todo su rencor, que no era mucho. Polonia fue, sin duda, la más rebelde de todas las repúblicas obligadas a sovietizarse después de Yalta. Y el arquetipo de este intento de sovietización se llama Nowa Hutta, que por ironía del padrecito Stalin significa nuevo refugio.

Nowa Hutta es una ciudad socialista surgida de la nada, a unos 10 kilómetros de Cracovia. Si uno quiere entender qué es el comunismo, debe ir a Nowa Hutta. Allí, partir de 1949, fueron hacinadas 200.000 personas en cinco años. Era un experimento de ingeniería social, de traslado forzoso de una población, arrancada de su hogar: refugiados a la fuerza. En cualquier caso, los polacos estaban acostumbrados. Cuando terminó la guerra, los ‘soviets' corrieron las fronteras occidental y oriental de Polonia 200 kilómetros hacia el oeste. De resultas, 1,2 millones de polacos que se habían quedado en el nuevo territorio de la URSS fueron trasferidos a los "territorios recobrados", en disputa con los germanos vencidos (por no hablar de los 2,2 millones de polacos que regresaron en 1945, procedentes de los campos de Trabajo y de concentración del III Reich, y que fueron ubicados... donde se pudo.

Los ‘burgueses' que vivían en el hermoso casco histórico de Cracovia –intelectuales, profesionales y demás gentuza- fueron trasladados, a la fuerza, al ‘refugio'. Se les arrebataron sus casas y se les ofreció a cambio un precioso apartamento en la nueva urbe, buscando siempre mezclar a clases sociales distintas, en un momento en que las clases sociales... eran muy distintas. Allí, en 40 metros cuadrados surgieron los ‘apretujillos' polacos, sólo que en esos apartamentos, que aún hoy pueden visitarse, vivían tres generaciones: abuelos, padres e hijos. Aunque todo eso es lo de menos: lo importante es que el traslado era forzoso, hablamos de ingeniería social.

También fueron trasladados muchos campesinos, que se negaron a abandonar sus caballerías, que colocaron como pudieron en los bajos. Y encima los muy desagradecidos, exigían un lugar para rezar a su Dios. Entre esos campesinos lo habitual era que sólo el primogénito cursara estudios. A ello se aplicó el Régimen con entusiasmo. Se trataba de que los hijos de los campesinos accedieran a la universidad. Para ello, se les subían las calificaciones.

En Nowa Hutta se instaló una gigantesca acería, hoy propiedad del indio Lakshmi Niwas Mittal, quien, como buen capitalista eficiente, ha reducido la contaminación y mejorado la producción... tras haber convertido una plantilla de 40.000 personas en otra de 10.000.

Las casas cuyas fachadas daban a aquel templo del socialismo están ennegrecidas, y los árboles de la plaza central exhiben un tronco asimismo ennegrecido, debido al hollín de la metalúrgica. ¿Qué parte del tronco mantiene un color beige? La más próxima al suelo, es decir, el trozo que el árbol ha crecido desde la caída del comunismo, siempre tan contaminante.

Nunca se construyeron los rascacielos, que según los jerarcas comunistas polacos harían olvidar a las Iglesias. En efecto, como un Gagarin cualquiera –aquel genio que se montó en una nave espacial, rodeó el planeta y volvió diciendo que Dios no existía porque no le había visto en el espacio exterior- el Partido lo intentó pero ni construyó las famosos rascacielos ni consiguió evitar que un cura entrometido, un tal Karol Wojtyla, se presentara cada Navidad, a las doce de la noche del 24 de diciembre, en una de las explanadas y con un altar portátil y a muchos grados bajo cero, celebrara la Eucaristía ante miles de personas. Y sin falta de que fuera Navidad, los polacos colocaban cruces por la noche que el Régimen derrumbaba pro la mañana. Al final, los comunistas tuvieron que ceder y en el lugar donde celebrara el futuro Juan Pablo II se ha erigido la Iglesia del Arca. A mí no me gusta, pero creo que eso es lo de menos.

Y como los dioses –en polaco, la Providencia- juegan con los hombres, aquel modelo de ciudad socialista vivió las primeras huelgas en toda Polonia contra el alza de pecios de productos básicos. En la ciudad modelo del socialismo, los crueles antidisturbios polacos tuvieron que emplearse a fondo, mientras los escolares se divertían propinándole patadas a la estatua de Lenin. Haga usted la sociedad comunista para esto.

Y todo ello, a pesar de los encomiable esfuerzo del Partido Obrero Unificado Polaco (POUP) para que la nueva generación de polacos de Nowa Hutta creciera feliz. El régimen instaló en la ciudad unos cines donde se proyectaba al James Bond polaco, el "teniente Borewincz'07", quien, fiel a su origen, aún vive y es un líder del Partido: ¡Pues bueno era Borewicz!

Sólo que los polacos son muy raros, y además de ver a Borewicz'07, exigían cosas tan raras como rezar. Y así, pues claro, no hay sociedad sin clases ni perrito que nos ladre. Fue el gran fracaso de Nowa Hutta.

Eulogio López