En cierto modo, el presidente ecuatoriano Rafael Correa es más peligroso que el venezolano Hugo Chávez, el boliviano Evo Morales, el brasileño Lula da Silva, el paraguayo Fernando Lugo o el dúo Cristina-Néstor, el matrimonio cleptómano que rige Argentina.

Su nueva victoria en las urnas acrecentará su tendencia totalitaria, ciertamente, pero tampoco sus adversarios, especialmente el golpista Lucio Gutiérrez y el plutócrata Álvaro Novoa son como para tirar cohetes. Nada tiene de malo que pretenda una moneda única para el cono sur hispanoamericano para terminar con la dolarización que, en efecto, implica una merma de soberanía, ni su alianza con los mencionados semi-dictadores populistas -e indigenistas- que han surgido en Hispanoamérica.

No, el problema económico de Ecuador es el de la inseguridad jurídica para las inversiones españolas en Ecuador que reclama el propio Correa. No, el problema no es económico, sino político. Lo que distingue a los políticos populares de los políticos populistas es que los primeros tienden a autolimitan su permanencia en el cargo, por hecho o por derecho. La reforma constitucional de Chávez en Venezuela y de Correa en Ecuador tiene justamente ese problema: no hay límites a su permanencia en el cargo. Por eso, ambos son populistas, como es populista Zapatero, quien pretende perpetuarse en Moncloa por el democrático sistema de controlar la TV, verdadero lavado de cerebro de los españoles, que cada vez cuentan con más información-basura y menor codificación de esa información.

Lo mejor que hizo José María Aznar -ahora rozando el ridículo en la entrevista en El Semanal del pasado domingo- fue autolimitar su mandato en Moncloa a ocho años. Y cumplió. ZP se cuida mucho de hacer la promesa y aún más de llevarla al BOE.

Eulogio López

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