Víspera del Domingo de Resurrección: soy un hombre nuevo. Y todo gracias a Radio Nacional de España (RNE), el tarro de las esencias del Zapatismo. En la edición matinal del Sábado Santo, un sesudo tertuliano me ha informado de que el calentamiento global es pecado. No pasó a dilucidar si venial o mortal, pero, en cualquier caso, yo en la próxima confesión acudiré contrito al presbítero para decirle: "Padre, me acuso de haber pecado. Tiene usted ante sí al responsable de que la playa de la Barceloneta, quien sabe si en un par de generaciones, desaparezca como playa, por no hablar del oso polar, que está pensando en convertirse en sardina. Yo, padre, soy el responsable".

El programa confirma mi idea, elaborada durante el par de lustros que dediqué al periodismo radiofónico, de que el democrático hábito de abrir los micrófonos al público conduce directamente al manicomio. Deduje entonces, y mantengo ahora, que la gente normal escucha radio y extrae sus propias conclusiones para su propio gobierno, pero el que se empeña en hacer oír su voz en una emisora, directamente o a través del correo electrónico, tiende a la insania mental. Mi conclusión es científica, señores.

Y así, entre los comunicantes del precitado espacio de la radio pública española hubo quien dijo que la Iglesia invertía en bolsa, lo cual, convendrán conmigo, no es pecado, sino inmensa estupidez. Ése, más original, advirtió que los templos albergan muchas riquezas, que deberían venderse para dárselo a los pobres, que no deja de ser el mismo argumento de un tal Judas Iscariote. Aquél, el intelectual, nos comunicó que el pecado era el instrumento de la Iglesia para mantener una estructura de poder, lo cual es, lo acepto, demoledor y definitivo. De hecho, em he puesto en contacto –telefónico- con Pedro Zerolo para apostatar.

Pero lo mejor fue uno de los teólogos progres presente en el aquelarre. Recuerden siempre que un cura o teólogo –lo mismo da-, representa el más alto grado de estupidez humana, superior al obrero de derechas o al varón feminista. Deambulaba por allí nuestro teo-progre (o logo-progre) y, cuando entró en éxtasis, aludió al gravísimo pecado social del calentamiento global.

Lo del pecado social viene de la teología de la liberación, que es invento alemán macerado en Hispanoamérica. Y es cosa útil, porque con el pecado ocurre lo mismo que con el dinero: cuando es social o público es que no es de nadie. Así, con el pecado social ocultamos el que de verdad hace pupa, el pecado individual, que es el que remuerde y molesta al individuo... como su mismo nombre indica.

De hecho, el final de la razón es, precisamente, lo que el racionalismo nos ha vendido como liberación: la falta de sentido del pecado, esto es, la tragedia del mundo actual. De hecho, toda la modernidad se partió en dos cuando esa mente sucia llamada Sigmund Freud intentó liberarnos a todos mediante la supresión del sentimiento de culpa, en lugar de superar el pecado que provoca dicho sentimiento. Lo de Freud es como si a un hambriento le animas a no sentir hambre en lugar de darle de comer. Con el psicoanálisis -acepto que la doctrina de Freud abarca otros asuntos, pero me temo que en este punto radica el meollo de la cuestión- suele ocurrir como con el "burro de la Pola", que decían en mi Asturias natal: cuando se acostumbró a no  comer, se murió.

El sentimiento de culpa es la encrucijada hacia la liberación o hacia la desesperación. Y no lo ha descubierto el cristianismo, que se ha conformado con reseñarlo y referirlo a la redención que se vive en este día, domingo de resurrección. No, el sentido de culpa, el pecado, es una constante de la humanidad, desde Sófocles a Dostoievski, independientemente de que el hombre lo llame pecado o de otro modo, o no lo llame en forma alguna, el ser humano siente su culpa y busca la redención, busca reparar el mal causado, porque su conciencia le impele a ello. Y de esa encrucijada gloriosa, que vive y siente la única especie racional que habita el planeta, sólo puede salir hacia el arrepentimiento liberador o hacia la desesperación esclavizadora.

Por eso, no hay necio más grande que aquel que repite que "Yo no me arrepiento de nada". Cristo murió y resucitó para pagar nuestra deuda, para amortizar lo que la criatura, incapaz de crear, sólo puede lamentar. Desde que el redentor salió del sepulcro del Gólgota, tenemos abierto, permanentemente abierto, el sendero para superar, no el sentimiento de culpa, que es bonísimo, sino la desesperación del pecado, lo que la liturgia llama muerte. O Cristo o locura y tristeza, no hay más alternativa.  

Y sí, la clave de la felicidad está en lograr, no evitar, sino superar, el sentimiento de culpa, el sentimiento de pecado. Por eso, Cristianismo triste no es más que una contradicción ‘in terminis'.

Pero, además del desesperado y del alegre existe otro personaje, cinematográficamente conocido como el malo. Es cierto, esta tercera categoría de hombre obedece al siguiente principio: "O se vive como se piensa o se acaba pensando como se vive". El prototipo de este tercer colectivo humano es el matón a sueldo: su primer homicidio le produce feroces remordimientos. El segundo menos, y el tercero... Pasado el quinto fiambre nuestro hombre escribirá un tratado catequético sobre el pecado social, así como una nueva lista de sacrilegios, encabezados por el cambio climático, que conlleva penas de excomunión social e imposibilita para ser diputado del PSOE o del PP.

No lo duden, nuestro hombre, superado el sentido de culpa, que no el pecado, encontrará una sutilísima teoría –probablemente una "estructura de pecado"- según la cual él se vio obligado a hacer lo que hizo

obligado a hace lo que hizo, probablemente a costa de una niñez en la indigencia. Concluirá que sus asesinatos no son esencialmente malos, e incluso pueden resultar comprensibles o, por que no, bonísimos. Y cuando llegue a este punto, será entrevistado en Radio Nacional de España, probablemente un Domingo de Resurrección. Mismamente.

Eulogio López