Hoy, 11 de julio, es el Día Mundial de la Población que tiene menos importancia que el día de la madre tierra, porque naturalmente el medio ambiente es más importante que el hombre medio. Naturalmente.

El día Mundial de la Población lo gestiona el Fondo de Naciones Unidas para la Población, más conocido como Fondo de Naciones Unidas para la Despoblación. Su cifra mágica es que somos 7.000 millones de seres humanos, o sea, un montón de millones. Eso no es un problema pero las cifras abruman, así que se interpreta de esta forma. Y naturalmente, la solución de Naciones Unidas no consiste en reducir el hambre sino en reducir el número de hambrientos.

No se trata de reducir el número de seres humanos que habitan el planeta, sino de repartir la riqueza y de ayudar a que nuevos seres humanos puedan ser invitados a lo que Pablo VI llamó, en la sede neoyorquina de la ONU, "el banquete de la vida".

Lo que nos lleva, de nuevo, al salario maternal, al menos en Occidente.

O empezamos a valorar la maternidad como la más importante prestación que el ciudadano -sobre todo las ciudadanas- prestan a sus semejantes, o no habrá manera de remontar la crisis,  porque no hay losa económica más profunda que una sociedad envejecida.  

Occidente se muere por falta de vitalidad. Y si  queremos que Occidente no se muera lo que tenemos que hacer es fomentar la natalidad pagando a las parejas que decidan tener hijos.

Y es que la vida humana es hermosa, sencillamente formidable. Y al fondo de despoblación que le vayan dando. Para un cristiano, la prioridad es que vengan al banquete cuantos más hijos de Dios mejor. Insistamos: el ser humano no es depredador sino fertilizador del planeta, además de Hijo de Dios.

Eulogio López

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