Antonio Machado escribió, hace muchos años, un poema que habla de la España partida. Una grieta, que no es invento argentino, lo inspiró. Quien esto escribe se va a atrever a parafrasear uno de sus versos.

Argentinito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de la dos Argentinas
ha de helarte el corazón.
 

Lo que sucede muchas veces en este país de simplificaciones es que hablamos sin saber, desconocemos lo que se ignora. Decimos que donde hay dos argentinos, hay tres opiniones, y así seguimos. Todo lo convertimos en una tragedia. Los argentinos parece que tenemos genialidades nobles y de las otras, ambas nos vienen de nuestros ancestros europeos. Entre estas últimas está la habilidad de hincar la daga en las junturas del alma del otro por el solo gusto de provocar dolor, de no dar el brazo a torcer y de no reconocer los méritos ajenos. Esas dos Argentinas siempre han existido: peronistas vs. gorilas, Bilardo vs. Menotti, Vilas vs. Clerc, derecha vs. izquierda. Deberían existir la estupidez y la seriedad, y nada más.

Pobreza es morirse antes de tiempo

La dicotomía es un esperpento violento y absurdo. Vivimos entre la resignación y la esperanza. La herida del país que parece no cerrar, una herida que no se ve, es invisible pero sangra y duele. Es la herida que le provocamos al hermano, es el desprecio y la indiferencia por su acceso a la salud, al agua que no enferma, a los alimentos en un país que produce muchos y buenos. Pero la Argentina está ausente mientras hay argentinos que se mueren. Se mueren de frío, de asco, de miedo, de miseria, de hambre, de discursos políticos vacíos y de pobreza. Alguien la definió así en las redes sociales: “Pobreza es morirse antes de tiempo”. Se mueren de Argentina. Eso.