Sr. Director:

En principio, no soy partidario de las “cuotas”, sino del talento y del merecimiento profesional. Si hay ocho mujeres en un Consejo de Administración por su valía, enhorabuena, pero que no sea por cuotas. O en un Gobierno.

También hay feminismos radicales que son un obstáculo actual todavía para el feminismo. Por ejemplo: el machismo de quienes afirman que la mujer debe quedarse a trabajar en la casa, pero también es radical que una mujer considere indigno-humillante-machista dedicarse profesionalmente a la casa.

Feminismos radicales como defender que la mujer decida ella sola - incluso siendo menor de edad-  sobre un embarazo. O ciertos aspectos de la “ley trans” que propugna Irene Montero. O feminismos que lanzan sospechas sistemáticas sobre los hombres o justifican insultos expresamente, justificándose en un “pasado y presente machistas imperdonables”. O feminismos que gritan contra la violencia machista, y se niegan a admitir  - o esconden - que hay también violencia, física o psíquica, de mujeres hacia los hombres. O feminismos que defienden que la sola denuncia de una mujer hacia su marido o novio ya le lleva a pasar esa noche en Comisaría, sin pruebas o medidas de protección razonables: se está demostrando que, a veces, la falsa acusación es una venganza.

Estas radicalizaciones feministas no benefician al auténtico feminismo, de igualdad, dignidad y defensa de los derechos de todos. No se trata de “ahora que sufran los hombres, que ya han sufrido las mujeres durante siglos”. Toda semilla de enfrentamiento o casi odio no conduce a nada positivo.

Seguimos viendo a muchas “superwoman” –mujeres que compaginan heroicamente el trabajo profesional, las tareas de la casa y el cuidado de los hijos o/y personas mayores – y pocos “superman”, con una notable absorción profesional y una escasa dedicación a la casa y la familia.

No hemos de pretender que la sociedad se rija por hombres y mujeres “super”, sino normales, que comparten tareas y velan equitativamente por los derechos de todos. Como digo, el primer feminismo es que los hombres cambiemos de mentalidad, asumamos en mayor medida las cargas del hogar y de la familia, y facilitemos que las mujeres gocen de mayores espacios de libertad y derechos: no es una concesión, es un deber.