Solo es posible cuando el amor humano se conjuga y amalgama con el amor eterno. La idolatría del ser amado acaba conduciendo, tarde o temprano, a la indiferencia, el hastío o la repulsión.
El auténtico amor acoge al ser amado no como un dios, sino como un don de Dios. No lo confunde nunca con Dios, pero no lo separa nunca de Dios. Escribe Dante, al referirse a Beatriz: “Ella miraba a lo alto y yo la miraba a ella”; y Víctor Hugo definía así la experiencia del amor: “Sentir cómo el ser sagrado se estremece en el ser querido”. Solo así los esposos pueden conservar eternamente alma de novios.
Y es que, para amar a un ser lleno de imperfecciones, como somos cada uno de nosotros, es preciso amarlo más allá de sus propias imperfecciones, amarlo como “mensajero” de una plenitud que le sobrepasa.
Suso do Madrid