Domingo, 30 abril 2017 Número de edición: 5159
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Viernes Santo. Muchos desean hoy no haber nacido, pero la vida merece la pena

Viernes Santo. Muchos desean hoy no haber nacido, pero la vida merece la pena
  • Aumenta el número de suicidios: una necedad de lo más inoportuna.
  • A nuestro mundo no le falta fe. Lo que le falta es esperanza.
  • La civilización cristiana: a punto de morir y a punto de resucitar.
  • Tres notas: mucho ruido, miedo a la muerte y desesperación sobre el más allá.
  • Y así, para celebrar el Viernes Santo, la clase política española nos trae la eutanasia.
  • La desesperación no supera el miedo a la muerte: lo multiplica.
  • Pero si hay un pueblo que sabe morir ese es el pueblo español.
  • Aumenta el número de suicidios: una necedad de lo más inoportuna.
  • Lo sensato es esperar al inminente fin de ciclo. Ahí se decidirá todo… para bien.

Decíamos el Jueves Santo que el cisma en la Iglesia, probablemente el cisma alfa de la historia, no está por llegar, que ya está aquí.

Y esto lo dice Santa Faustina Kowalska, cuya fiesta se celebra el próximo domingo 23 de abril: para poder oír la voz de Dios hay que tener la serenidad en el alma y observar el silencio. No un silencio triste, sino un silencio en el alma, es decir, “el recogimiento en Dios”.

Y añade la polaca: “Dios no se da a un alma parlanchina. El alma hablantina está vacía en su interior. No hay en ella ni virtudes fundamentales ni intimidad con Dios”.

El Viernes Santo es el día del silencio. O debería serlo. Por lo que se refiere a este aspecto la cosa no marcha. Hay mucho ruido en el mundo actual que, para bien y para mal, es mundo urbano.

Y ese ruido, que en principio debía hablarnos de vitalidad, no rebela a un Occidente vital sino, por el contrario, mortecino. Para ser más exactos: un poquito muerto. La civilización cristiana es hoy presa de desesperación y del miedo a la muerte y de algo más grave: el miedo al miedo, terror indefinido, más castrante que ninguno. Porque al cristianismo actual no le falta fe: lo que le falta es esperanza. Y ojo, porque el desesperado puede acabar en suicidio pero jamás supera el miedo a la muerte: tan sólo el miedo a morir.

Y como Occidente huele a muerte, la clase política española nos trae la legalización de la eutanasia y los marianistas del PP la acabarán promulgando, no lo duden. Lo mismo hicieron el aborto tras un paripé no especialmente largo. No es bueno pero es lógico.

Pero no se apuren: por ejemplo, si hay un pueblo que sabe morir ese es el pueblo español. Es más: lo de la muerte se nos da mejor que lo de la vida. Al parecer, para que un drama nos movilice necesitamos que se vuelva tragedia. E Hispanoamérica, objetivo actual del Nuevo Orden Mundial (NOM) nos imita en esta virtud de doble filo. A los españoles se nos da mejor morir que vivir. Y créame: que la vida sea eso que viene antes de la muerte no es mal modelo de vida… ni apunta a la tristeza sino al entusiasmo.

Muchos desean hoy no haber nacido. EL mundo no les dice nada y se muestran incapaces de comprender que la primera forma de pensamiento el agradecimiento por estar vivos. En ese magma de psiquiatra, cualquier aberración es aceptada por una criatura indolente y abotargada. Por el contrario, todo un Dios se anonada y muere en la cruz por esa criatura para la que la vida ha dejado de tener sentido. A lo mejor es que la vida sí vale la pena.

El problema es que para este nuestra secular batalla hemos perdido el amor a Santa María, y en España, Tierra de María, es difícil ganar batallas sin la presencia militar de la mujer más valiente de la historia: la que se quedó al pie de la cruz.

El cristiano teme morir, como corresponde a su ser racional, pero no teme a la muerte. El viernes Santo es la superación del miedo a morir y, sobre todo, del miedo a la muerte. Esto es especialmente cierto ahora, cuando la civilización cristiana, la del siglo XXI, se encuentra a punto de morir y a punto de resucitar. Si algo está claro es que vivimos en una etapa fin de ciclo.

Cristo no era un suicida. Ocurrió que, como Dios es amor, la humanidad sólo podía ser redimida de su miseria por un acto supremo de amor: nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Amar es donación y lo más grande que se puede donar es la propio vida. Cristo nos enseñó a morir.

Ahora, la gran tribulación y el tiempo de la misericordia da paso al tiempo de la justicia de Dios. Ahí puede pasar de todo pero siempre con la esperanza y la certeza de que, tras el viernes del Gólgota, llega el domingo del sepulcro vacío.

Para vivir hay que morir. Si se tiene esto en cuenta la desesperación deja de tener sentido. ¿Y si no? Pues ocurre lo que ocurre en este Occidente muerto: el número de suicidios se dispara.

Una necedad de lo más inoportuna esta de suicidarse en el momento presente, porque estamos… a punto de morir y a punto de resucitar.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com