Este fin de semana cambiamos de hora: se atrasan una hora los relojes. La razón, ahorramos energía. Este es uno de los misterios de la ciencia: se supone que expertos de primera división han hecho cálculos que ningún mortal se preocupa de auscultar, razón por la cual nadie discute al experto.

Pero aunque realmente estemos ahorrando energía, lo cierto es que nos volvemos todos un poco más locos. A lo mejor eso no resulta muy preocupante porque hay que reconocer que el grado de demencia alcanzado por la sociedad moderna, siempre camino del manicomio, es tan intenso que unas pocas décimas no resulta preocupante, pero no conviene alimentar a la fiera. Al menos en exceso.

Calendario y horario constituyen las dos referencias externas de la vida y de la serenidad humanas. Mejor no menearlas. Pero el progresismo consiste precisamente en hacer que la humanidad se pase al día corriendo de un sitio a otro sin saber la meta. O como dijo el líder de la izquierda norteamericana: "Nunca país alguno corrió tan deprisa hacia ninguna parte". Se ve que no conocía Europa.

La tortura favorita de los regímenes comunistas con los disidentes eran modificarles el ciclo de sueño, que es como cambiar el horario pero a lo bestia. Pocas mentes y pocas almas aguantaban tan sinuoso procedimiento para destrozar la personalidad.

¿Y si no cambiáramos la hora ni en otoño ni en primavera?

Eulogio López

[email protected]