800.000 funcionarios federales norteamericanos se van a la calle, al menos por el momento. No hay acuerdo sobre el endeudamiento público en Estados Unidos entre demócratas y republicanos: han cerrado centros turísticos, museos y parques naturales, así como otros cargos no esenciales aunque sea en profesiones esenciales. Ejemplo: personal sanitario de las fuerzas armadas.

Razón: los republicanos no están dispuestos a que el Estado se endeude más, porque al parecer, allí son muy conscientes de que las deudas hay que pagarlas y muy celosos de que el Estado no es ese chico simpático que ofrece servicios públicos sino la burocracia que drena recursos y, sobre todo, libertad a los ciudadanos. Ya saben, las ocho palabras que más temía Ronald Reagan: "Hola, soy del Gobierno y vengo para ayudar".

Pero no se trata de extenderse sobre el tradicional debate sobre el tamaño del Estado, entre liberales y socialistas. Se trata de que ese pueblo plagado de defectos, el norteamericano, tiene la virtud de tomarse en serio los programas electorales. Los republicanos se han comprometido a reducir el tamaño del Estado y llevan su programa hasta el final: no quieren más impuestos sino más rentas privadas para todos y no ceden ante ese Zapatero norteamericano que es Barack Obama, y están dispuestos incluso a dejar en casa a 800.000 funcionarios y cerrar establecimientos.

Es decir, gente que cumple el programa electoral votado por los ciudadanos.

Como aquí. Rajoy llegó al poder prometiendo salarios de la crisis con más protagonismo de la sociedad civil y lo primero que hizo fue disparar los impuestos. Tendencia en la que continúa, por cierto.

Eulogio López

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